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El miedo más absurdo y profundo de la humanidad


¿A qué le tememos los mortales? Quizás al estancamiento, al anonimato, al ocio, a la locura, a la libertad, a la soledad, al sin sentido, al trabajo, al amor, a la ceguera… estos son sólo algunos de los miedos que podemos sentir. Entre todos estos hay uno que nos hace producir monstruos desde la razón, el miedo al olvido y a la muerte.
Cada época con sus características se refleja en las creaciones culturales del hombre, en ellas podemos ver los temas que afligían y apasionaban a la humanidad de aquel entonces. Generalmente se trata de conflictos contra algo de escala monumental y amenaza vital. En la época Clásica encontramos al hombre contra la naturaleza, otros hombres, y contra dios. En la modernidad se enfrenta a la sociedad, a sí mismo, y a la caída de dios. En la posmodernidad los contrincantes son la tecnología, la realidad, y el autor. En todos estos conflictos resuena una acción, trascender. No creo que todos los hombres se percaten a cabalidad de esta pugna, pero sí creo que los artistas viven atravesados por esta constante crisis, teniendo conciencia de sus aptitudes y alcances dentro de ella. El arte tiene el poder de testimoniar nuestra esencia generacional.
El hombre debe morir, la mortalidad es el común denominador del individuo y la humanidad. Sin embargo, siempre va en busca de la vida eterna. Desde los orígenes nos hacemos la falsa promesa de la inmortalidad; materializándola en dioses, religión, amuletos, ciencia, tecnología, y unicornios.
Si, unicornios. Este mítico ser es un símbolo persistente y multitemporal que ha existido en la cultura humana desde sus orígenes. Las representaciones hechas por el hombre en distintos lugares y épocas lo han dotado de una densidad iconográfica rica, versátil y a la vez unívoca. Es la absurda promesa de la vida eterna.
Sus raíces están en la mitología griega, surgió a la par del universo y antes que el hombre. La creatura emanó directamente de las manos del Único, como la canalización armónica del claroscuro caótico que había en el inicio de todo. En principio fue espíritu, al llegar a la tierra se encarnó como Asallam; el primer unicornio, quien aparta de sí toda oscuridad y tiniebla. Lo primero que hizo fue penetrar una roca con su cuerno, de la cual surgió la fuente inagotable de la vida. La tierra que era fuego asfixiante y llanura infértil se inundó en vertientes de agua, dando origen a toda forma viviente. Asallam era el instrumento de amor de El Único, quien lo designó para ser el guardián del Jardín del Edén: Shagamin, lugar donde el unicornio prometió quedarse para no regresar a la morada de la luz hasta el fin de los tiempos. Luego vino el primer hombre, Asallam fue lo primero que contempló, a partir de ahí sus destinos se enlazaron en amistad, amor y búsqueda de la luz. El unicornio es el encargado de guiar a la humanidad hacia esta, brindando protección y consejo a través del tiempo y el espacio. Ellos no eran los únicos seres en la tierra; en el mundo subterráneo de tinieblas y fuegos se filtraron hilos plateados de agua y vida, dando origen a Yaldabaoth, el primer dragón. Corrompido de corazón por el ego y la adoración de su reflejo en las aguas del reino subterráneo se multiplicó en múltiples formas y tamaños, pero con la misma sangre fría y aguda inteligencia. Mientras crecía, también lo hacía su odio por el unicornio y el creador, a quién buscaba para destruir y así dominar la vida y la muerte. La Serpiente, ágil, astuta y delgada era el agente perfecto para la misión del Dragón; corromper los lazos entre el unicornio y los hombres. Hizo reptar sus palabras entre estos últimos; dulces habladurías dieron puntadas a sus corazones, dejando hilos de desconfianza y ambición. Las mujeres esquivaron la retórica de la serpiente, la intuición es el escudo y el catalejo. Los hombres se entramaban en desconfianza, su amigo el unicornio ya no les parecía gentil; más bien lo empezaron a ver como un egoísta que los limitaba y privaba de los exteriores del Jardín (supuestamente más fértiles y hermosos) para mantenerlos en la mansedumbre y opacidad. Asallam se percató de este quiebre, paulatinamente tomó distancia, no podía obligarlos a creer en la luz de su palabra. El más osado e impulsivo de los hombres alzó los brazos en obstinación, llevando en grupo a los demás a romper las cadenas del Jardín, las mujeres solo asintieron tristemente… así empezó la desgraciada condena de la humanidad. Enterado El Único de las decisiones y acciones del hombre, tornó oscura y desolada la atmósfera vital de la tierra, generando un vacío en el espíritu y mente de los hombres, perdieron gracia en sus cuerpos y movimientos, mientras los sentimientos se asemejaron al abismo. El hombre empezó una caída interminable hacia la desesperación, la adoración de la banalidad y el desdén entre hermanos; su vista y espíritu se nublaron, sólo tuvo visiones erradas, carentes de amor y coraje. El unicornio decidió deambular por la oscura tierra, acompañando desde el anonimato y silencio a su amigo. En nombre del amor original hacia la humanidad, continuó con su semblante de guía hacia la Luz Verdadera, pero a través de un velo turbio y brillo taciturno. El unicornio siempre tendrá una afinidad especial con el humano, sobre todo con las mujeres, pero con el paso de los años la relación ha perdido su tono, la codicia del hombre cercenó esta amistad, dando caza al unicornio para obtener su cuerno, la falsa promesa de la vida eterna.[1]
**
Fue un instante en el que todo se desbarató. Un instante en que las mujeres podrían haberse alzado y los hombres calmado sus pasiones. Hoy vemos a través de la pintura cómo podría haber sido todo, o como puede ser ahora. El pasado ya fue, pero eso no significa que desde el presente no podamos hacer algo al respecto. El tiempo es un constante devenir.
La exposición Kairós del artista Poncio es un portal que muestra la épica del unicornio y de la figura del artista. Aquí vemos aliados, no victimas ni victimarios. Victor Manuel Ponce es habitante de la comuna de Conchalí desde hace 40 años. El arte ha estado en sus manos desde la infancia. La trayectoria del artista define su trabajo; utiliza técnicas y materiales de su propia invención aprendidos en distintos momentos y oficios de su vida, dando cuerpo a esta obra donde vemos íconos e historias prestadas y reinterpretadas. Poncio es su propia reinvención; la pintura y la escultura son sus técnicas de autoconstrucción como artista plástico autodidacta, canalizador y productor de imágenes.
Pasado
U origen, Arché[2]. Tragedia, bien y mal. La humanidad como un péndulo entre polos opuestos. El hombre pierde el rumbo si no hay una pugna que lo comprometa. La voluntad natural del hombre puede volcarse por el bien o el mal, es libre de decidir. A la vez el mismo es polar, la lucha puede estar fuera o dentro de sí, pelea contra sí mismo para mantenerse vivo. A veces nos ofusca y atemoriza el ego, se defiende contra todo. Lograr iluminarlo es el desafío, librarlo de codicia y culpa; la voluntad es un motor que funciona en base a responsabilidad.
Presente
Muy cerca y lejos de ser Kairós. Pocos son capaces de percibir y entender el presente, pocos son contemporáneos a su época. Existían el unicornio, los hombres y las mujeres, pero lamentablemente nunca entendieron nada… ellos se dejaron llevar por las mentiras y la ambición, ellas sólo callaron y asintieron. Asallam debía llevarlos a la luz, pero ellos y ellas no entendieron que eran camaradas. No bastaba sólo con mirar y comprender, había que actuar con precisión y coraje. Poncio pinta al unicornio como un viajero del tiempo y el espacio, pero no galopa solo, el avance no sería posible sin la mujer. Y ninguno completa al otro, cada uno es en sí mismo; pero sin compañerismo y trabajo, sin amor, no hay futuro ni gracia (más allá de los obsoletos y estáticos binarismos) … No hubo crecimiento porque no vieron bien, la luz estaba lejos. Inevitablemente siempre habrá un después sucediendo al ahora. La virtud del después depende de las acciones certeras del ahora, y si estas se nublan, el después será podredumbre y miseria sin arte.
Futuro
Siempre llega, como la muerte. Se caracteriza por su compromiso, nunca se ausenta. Pero depende en gran parte del presente, es este quien le da la dirección, velocidad y sentido. Tanto los ciegos e ilusos como los despiertos y valientes hacen el futuro, lamentablemente se puede crear desde la oscuridad. Las visiones se manifiestan a plena luz como también desde la penumbra. La voluntad y la acometida son las que construyen el futuro, pero estas manos son humanas, pueden edificar desde el bien o el mal. Los hombres son capaces de construir la guerra y los genocidios, como también la fraternidad y la comunidad.
Sin embargo, el futuro no depende del todo del presente, siempre hay una cuota de azar. Una pequeña posibilidad de sorpresa y asombro. A quienes no vemos venir son los del futuro, quienes no invitamos, pero llegan igual. También tienen voluntad, y también nos observan, cómo el primer hombre observó al primer unicornio.
***
Sólo algunos viven el Kairós[3], los héroes y los verdaderos artistas (iluminados). Hoy mismo todos podemos ser héroes, pero hay que conocer las propias virtudes a cabalidad y actuar desde ellas aprovechando las circunstancias contingentes y mutables del ahora. No podemos manejar ni poseer la luz, ella es inalcanzable para nosotros, sólo la podemos canalizar y direccionar. Hoy en día la expresión de inmortalidad absoluta es la imagen binaria, virtual y digital, carece de un cuerpo que lo carcoma el tiempo. Podríamos pensar que el recuerdo y la mente bastan, pero son producto de la materia gris, materia mortal y perecible.
En relación con la vida eterna y nuestra naturaleza humana estamos en un conflicto. Vamos a morir mientras buscamos cómo trascender. Nuestro cuerpo está destinado a la podredumbre, pero nuestra imagen no. Podemos ver gracias a la articulación de nuestros ojos y la luz. Toda imagen debe ser iluminada (o tocada) para manifestarse, a la vez que alguien debe presenciarla para que sea vista. Hoy la vida eterna yace en las imágenes, pero sin luz estas no se revelan y sin espectador son inoperantes. Quizá en el futuro la imagen sea visible para seres de cuerpos no análogos, ellos podrán presenciar nuestra inalcanzable y absurda inmortalidad.


Fernanda Yévenez






[1] El relato pertenece al Libro de las Generaciones, texto hipotético reconstruido a partir de partes del Torá, Éxodo y en mayor parte del Génesis. Las secciones del relato que sobrevivieron se encuentran en Génesis 5: 1-32 y 11: 10-26, comprende un linaje ininterrumpido de Adán a Abraham.
[2] Concepto de la filosofía griega que se refiere al inicio u origen de todo.
[3] Concepto de la filosofía griega que se usa para designar un lapso indeterminado en que algo importante sucede, el significado literal es Momento adecuado u oportuno. Eurípides lo definía como “el mejor guía en cualquier actividad humana”. Es un concepto bastante amplio, pero siempre se asocia con la eficiencia en situaciones imprevisibles e inusuales, una condición indispensable para el éxito en una empresa.

Prometeo desencadenado del plinto



“Aquí estoy y me afianzo;
formo hombres
según mi idea;
un linaje semejante a mí,
que sufra, llore,
goce y se alegre,
¡y que no te respete,
como yo!”
J. W. Goethe.[1]


Hoy nos encontramos en la Sala de Arte La Palmilla Oriente, donde figuras humanas se distribuyen concéntricamente en torno a un martillo invertido. Suena como un extraño escenario; un espacio tomado por intimidantes humanoides; cascarones de hombres y figuraciones humanas de desecho, reunidas para increpar a la herramienta y la materia prima; la técnica y la naturaleza, el martillo y la piedra, la solución y su problema progenitor.
Primero fue la naturaleza por sí misma, luego llegó el hombre a transformarla. Sin un problema no habría respuestas ni soluciones. Sin una piedra por devastar, el martillo y el cincel no tienen propósito ni sentido. ¿Qué es el hombre sin la técnica, que queda del hombre ante la naturaleza sin la luz que le brinda esta?
Desde los inicios de la era humana, el hombre ha recurrido a las herramientas y al “saber hacer” para erguirse ante la fuerza e ímpetu de la naturaleza. Podemos comprender la cultura y sus manifestaciones como producto de la técnica humana transformando la naturaleza. Una de estas es las artes visuales, nos invaden a través de las imágenes, e incluso, en nuestra propia dimensión espacial. ¿Quién no se ha sentido amenazado o sorprendido por una estatua imprevista, entes volumétricos que dejan sentir su cuerpo cerca del propio? Sin haberla visto, sentimos su pregnante presencia.
La exposición de los artistas Nicolás Salazar y Kevin Parra lleva por nombre Prometeo, como el mito atávico sobre el titán que burló a los dioses y les robó el fuego para dárselo a los humanos.[2]Este fue condenado de tal forma que su condición inmortal fuera la causa de su sufrimiento; encadenado a una roca en los más alto de la región clásica de Escitia, un águila devora su hígado (que se regenera) hasta lo que dure la eternidad. El sufrimiento perpetuo del titán no tiene solución, es un suplicio eterno. Los humanos perecen, los titanes y dioses no.
La escultura ha pasado por muchos estados y formas, distintos estilos y distintas concepciones de sí misma. Desde sus orígenes a estado ligada al monumento; se entiende como la convención formal en la que la estatua debe representar un hito (casi siempre es un asunto de memoria política, social, histórica), que es definido y enaltecido por el plinto o basamento, levantando a la estatua del suelo y elevándola por sobre la escala humana, asciende a la escala monumental. En esta modalidad, la materialidad y la técnica son decisivas, se trata de componentes nobles y difíciles de trabajar, exclusividad y privilegio escaso, o que demande trabajo duro. Hubo un giro notable en la década del 60, de la mano del minimal y del arte conceptual. La disciplina es llevada a lo que no era por convención formal; el monumento, el plinto, los soportes materiales y el sitio de emplazamiento se ven desvirtuados y expandidos. La representación también se ve afectada; al dejar de lado la función conmemorativa de un hito para la comunidad, ingresa lo privado, íntimo o antojadizo en el cuerpo escultórico.
El trabajo de los artistas Nicolás Salazar y Kevin Parra funde el paisaje y desecho urbano en la escultura, el cotidiano más precario y mundano pasa a ser cuerpo escultórico. Ambos comparten el sitio diario de Conchalí, son artistas de la comuna.
En el caso de los cascarones humanos de Nicolás, estos son fundidos con material sobrante de su día a día, restos de metal que encuentra en el trabajo, en el trayecto a casa, o que le regalan sus amigos y vecinos. Los humanoides son creados pensando en el espacio público de la comuna. El proceso de construcción de la figura humana dista mucho del canónico, usa su propio cuerpo como modelo, un cuerpo como cualquier otro que no es seleccionado para el modelaje. Estas figuras pertenecientes a la serie “Hombre de Acero” poseen una reflexividad y emotividad propia de un hombre de carne y hueso, lucen como una epidermis metálica, modelada por el padecer y la sensible existencia humana. Son producto del viaje expresivo y sensorial del artista al entrar en contacto con el metal y el calor.
Las figuraciones humanas e inhumanas de Kevin provienen del desecho de cualquier índole; papel, bolsas, plástico, yeso, alambre, etc. Son restos de su cotidiano que recolecta bajo una dirección aleatoria. Son trabajados y desfigurados para ingresar al espacio expositivo artístico; galerías de arte y plintos. Sin embargo, esta desfiguración no es cosmética, todo lo contrario, busca resaltar lo cotidiano y residual del mamarracho que bizarramente se instala a la vista del espectador. Todo lo que puedas encontrar en un basurero o en el piso del aula de clases, lo puedes reconocer en las piezas de este artista recolector e irónico, insolentes y honestas a la vista del circuito artístico.
Ambos artistas generan un cruce entre lo cotidiano y lo público, llevan su imaginario local a la contemplación desplegada en el espacio abierto y centralizado.
La estatuaria conmemorativa tiene afán de titan (o dios), aspira a permanecer intacta e imperturbable en medio del espacio público. En su misión de convivir como un monumento o hito con su entorno, irónicamente, se espera que se conserve inmaculada e impoluta. Sin embargo, la ciudad y los habitantes arrasan con todo… la estatuaria conmemorativa es burlada y pervertida; rayada, cuatreada, intervenida, hasta disfrazada y travestida; irremediablemente se funde con los mortales, estos la sometemos a la fugacidad y la vulnerabilidad material. Tal como los humanos nos desgatamos con el tiempo, las estatuas -los aspirantes a inmortales- deben dar cara al desengaño y admitir su condición; son nada más ni nada menos que materia reactiva al tiempo y el entorno, materiales que ceden ante el día a día, dando cuenta de ello en su superficie visible. Todo lo que sea materia en el espacio cotidiano, está condenado a involucrarse con este; dejarse envolver del paso de la mano humana junto a sus creaciones y desechos.
Las representaciones tridimensionales siempre han convivido con los humanos y los objetos cotidianos; caminamos sobre la tierra y somos volumétricos, fue el plinto y la monumentalidad lo que nos hizo sentir “espacialmente” diferentes.
¿Habrá que beatificar o castigar a Prometeo? Nos dio la llama flamante de la técnica e inteligencia para dominar la naturaleza… subsumirla o convivir provechosamente, depende de la intención del humano. Afortunadamente existe el arte, afortunadamente existen humanos artistas como Kevin y Nicolás que revierten esta cadena de transformación y desecho.
Querido Prometeo, polémico Prometeo:
Así como le entregaste a Zeus la mitad de hueso y grasa del buey ofrendado en la antigüedad, en la era contemporánea has salvado a la humanidad trayendo el desecho y la impureza material a la escultura. La estatuaria conmemorativa debería ser encadenada y devastada eternamente por un águila en tu piedra, hasta lo que dure la eternidad.
Fernanda Yévenez






[1] Extracto del poema Prometeo, de Johann Wolfgang von Goethe.
[2] La tragedia es atribuida a Esquilo, dramaturgo griego (525 ac) reconocido como el primer gran exponente de la tragedia griega.  Existen pruebas de que Prometeo encadenado era la primera parte de una trilogía, sucedida por Prometeo liberado y Prometeo portador del fuego, de las cuales solo quedan fragmentos. Actualmente se discute la autoría de Esquilo, manifestando la duda de si la tragedia fue escrita por otro autor o un colectivo anónimo.

Donde caiga puede quemar



La Rayuela o tejo es un juego típico de las zonas rurales de Chile, su práctica se remonta a la época colonial. Siendo reconocida como deporte nacional el 2014, se juega dentro como fuera de la capital santiaguina; los rayueleros (nombre que reciben los practicantes del deporte) se organizan y compiten a través de los Clubes de Rayuela de ciertas poblaciones y localidades. El objetivo del juego es lanzar un tejo desde determinadas distancias para dar en la lienza; achuntar justo en el cordel blanco tensado sobre el cajón lleno de tierra. ¿Cómo se evalúa el resultado? Según la marca que deja el tejo en la superficie.
Actualmente Francisca Galaz expone Quemadas en la sala de arte La Palmilla Oriente. Compuesta por fotos, video e instalación, la muestra puede entenderse como un juego en el que se abre y expande la rayuela como una posible metáfora. La caída del tejo en la lienza es dar con lo que una sociedad normalizadora y moralizante exige, una existencia que no provoque conflicto ni incomodidad para el entorno. Pero que el tejo caiga donde se espera es sólo cuestión de probabilidades y especulación, las intenciones no siempre coinciden con los resultados. Siempre existe la posibilidad de no dar en la lienza, defraudando así las expectativas propias y ajenas. Hay muchas probabilidades de no dar con la norma y resultar ser un otro, una alternativa a lo normal[1].
La norma moral determina como ideal muchas cosas, cosas adecuadas que no perturben el debido orden expedito. Cosas cómodas y políticamente correctas. En el caso de la artista, provenir de la provincia de Santa Cruz, no ejercer una carrera tradicional, no tener una residencia fija y vivir su sexualidad de manera diversa; son algunas de las características que la convierten en un incómodo e imperfecto tejo que no llegó a la lienza, una jugada errada de un rayuelero que no ganó la partida. La marca alejada de la lienza resuena como el castigo, el peso de los juicios de un entorno social normalizador. Mas ¿Quién es culpable? Ellos y nosotros[2] podemos desear algo, pero el azar siempre tendrá el control… y lo ejerce a ojos vendados, sin preferencias, es así y nada más.
Un lanzamiento errado genera una marca, y en ocasiones un ruido sórdido. A veces suena poquito y otras mucho, sucede también que la huella es chiquita, otras profunda y definida. Los juicios son como las palabras y el sonido, reverberan de distintas formas en distintos lugares; los clubes de rayuela y sus localidades también. A veces dicen “Pueblo chico, infierno grande”; los poblados pequeños son como un charco, todos los seres vivos se conocen y ven de bien cerca. Las personas son juzgadas respondiendo a la parte por el todo, lo que se dice de ti se dice de tu núcleo humano. En una capital hay más espacio, más personas, más vectores con distintas fuerzas y direcciones; los juicios son fugaces y efímeros, pero abundan y acechan con la certeza de una flecha que te atraviesa a la vuelta de la esquina. Tanto en capitales como en provincias se puede ser un otro, una desviación a la norma abordada como terreno de juicios, terreno para lanzar piedras. Tanto en Santa Cruz como en Conchalí hay Club de Rayuela, tanto en el lugar de origen como en el lugar de destino hay una mirada calificadora.
La alteridad puede darse de muchas formas, inclusive puede sumarse como piezas de un juego de ludo (logrando así, que una sola ficha alcance el cuádruple de su altura). El género femenino ha sido una superficie de contacto que resistió y resiste mucho peso moral; expectativas y juicios represivos. La mujer fuera de la heteronorma es como una pieza de ludo con su nivel aumentado, doble represión, mujer y disidente sexual. Sobre esta figura cae un juicio que golpea castigando con un ritmo severo, que lamentablemente se ha visibilizado menos a través de los relatos oficiales de la historia, el arte, la política, etc. Relatos escritos por el poder normalizador, que busca arrullar plácidamente a quien no debe perturbarse, quien no debe desviarse de la norma.
Al fin y al cabo, ¿qué tan válido es un juicio en relación a lo relativo de la norma? Lo normal es, una imposición seleccionada por dar comodidad a una mayoría con poder, un consenso. Muy similar al decreto de ley que hizo de la rayuela un deporte nacional, lo cual es un neocolonialismo más, un consenso respaldado por el poder y la mayoría. El juicio entre personas es como un patrimonio de la humanidad; representativo e irrenunciable. Pero que sería de la norma sin su desviación, es la contraforma que la define. Sin tiros errados no hay quemada, sin un absurdo y delgado hilo blanco tensado sobre el cajón no hay diferencia entre ganar y perder. Aquí y allá, nosotros y ellos, estamos siempre sometidos a una endeble y antojadiza norma, en la cual daremos sólo si el azar lo permite, sólo si el azar a ojos cerrados nos da una quemada.

Fernanda Yévenez







[1]Normal (del lat, normalis) adj. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.
[2] Y a la vez ellos son nosotros y nosotros ellos, es relativo y absurdo.

Espontáneos como ratas

El día a día puede entenderse cómo un espacio múltiple, de realidades e intenciones variadas; en un mismo espacio o situación, puede desenvolverse tanto lo intencionado (deseado) como lo casual (renegado). El tiempo, los horarios, las horas que son unidades diferenciadas, son sólo una invención para orientarse y ordenar los espacios temporales. Creo a veces que este asunto del tiempo y los horarios son un poco absurdos, después de todo, la realidad y el espacio físico son un escenario que no se rige por la pauta cronológica, siempre están, siempre son uno mismo. Somos nosotros y los otros los que se turnan para entrar en escena y continuar con esta escenificación del tiempo.

Actualmente en la sala de arte La Palmilla Oriente, toma posición la obra ¿ q…qu…eso ? de Vicuña (Juan Pablo Langlois); pionero de la instalación y figura clave de la escultura en Chile. En esta ocasión la sala de arte (ex almacén)1 se transforma en un vórtex de tiempo. El hábito urbano y clandestino (ratones robando queso) al interior del almacén, es un concepto que hoy se activa al interior de una sala de arte. La instalación del artista es un tercer espacio que se manifiesta en La Palmilla Oriente, invierte y tergiversa la relación que acostumbramos con el entorno.

Los ratones son animales con universal presencia, siempre nos acompañan; están en todos lados de manera invisible y en ocasiones, transgresoramente visibles. A pesar de su permanencia, son unos de los animales que menos se quieren ver, son renegados. Como un verdadero estandarte de la subversión, estos roedores perturban el comportamiento de todos los espectadores a su alrededor, son bravos, inteligentes y cautelosos.

Convivir…

En el dúo antagónico, ratón - queso; el primero es desdeñable, el segundo deseable. Todos deseamos el queso.

Nuestra forma habitual y urbana de abordar el espacio sitúa a los ratones en el margen. Sin embargo, estamos conviviendo en un mismo lugar. La línea del horizonte (referencia visual de orientación) que acostumbramos usar, en esta obra desciende de su nivel habitual, desciende a nivel rata. Y en búsqueda de qué? Del queso. Todos estamos ante la misma luz y un mismo alimento, una sola ampolleta nos pone en igualdad de condiciones ante un único elemento que es provocativo y necesario. Lo concreto y cierto es que tenemos hambre; somos gente real ante comida real. El hambre es completo y acabado, porque no se pretende ni ensaya, es algo cotidiano e inmediato, una pasión (se padece).

Convivimos con los ratones en los mismos espacios, pero a distintas horas y en distintas actividades -ellos a ras del suelo, nosotros a altura antropocéntrica- ellos a hurtadillas en la noche (o a nuestras espaldas), nosotros revestidos por nuestra humanidad, ellos en actividades de ratas, nosotros en actividades humanas. Pero estando todos juntos en esta situación, con las manos/patas en la masa, es inevitable pensar en lo marginal u oculto de cualquier acto ¿Qué buscamos y cuándo lo hacemos? ¿nos escondemos en la penumbra o vamos a la búsqueda cual guarén de acequia corriendo a plena luz del día? Es un hecho que habitualmente estamos intentando ser políticamente correctos, estamos ensayando el gesto.

Todos tienen hambre, todos quieren el queso. Somos gente real con comida real. Y el papel de diario que da cuerpo a estas ratas es más real que cualquier representación mimética naturalista. Este material tan distintivo en la obra de Vicuña/Langlois pone de manifiesto la fugacidad de la materia y la persistencia del cotidiano. El artista ha denominado al periódico, “un síntoma de la cultura del país”, se trata de un material muy real, concreto, abundante y honesto. Es un residuo de acontecimientos, de la contingencia. La obra nos muestra la cotidianeidad en múltiples capas: la materia, la comida, el hambre, el papel y la situación. Todo es verdadero y espontáneo; el papel y la carne es tan universal como el ratón, como el humano y como el hambre. Y todos aquí reunidos somos productos fugaces de la circunstancia, somos contingencia como el papel de diario que se pega contra el parabrisas.

Los característicos gestos simples y económicos del artista nos remiten a una acción de vaciado (deconstrucción) y sinceridad; llegamos hasta aquí por el queso, que pretendemos pueda saciar nuestro hambre intelectual, o al menos que opere como una buena excusa. Estamos apelando a nuestra libertad para actuar.

Gruyere, brie, camembert, mantecoso, chanco, etc...Son muchas las variedades, y una la elección; el queso no llegó solo hasta la sala, alguien tuvo que traerlo para provocar a los...comensales.

Nos vemos reunidos en una inauguración de arte en torno a unos ratones marginales e indeseados, sin embargo, ellos son el personaje clave. Siempre nos acompañan estando tras bambalinas, y ahora irrumpen en una exposición. Irrumpen siendo de diario, el material menos pretencioso. Irrumpen para que todos nos veamos las caras bajo la misma luz y dejemos de renegarlos (renegarnos). Ellos no se van a comer el queso. Hay que ver cómo alteran nuestro comportamiento. Cada día es una obra distinta… ¿usted se roba el queso sin tapujos, o a escondidas?

La vida real tiene almacenes y salas de arte, ratones y humanos, cuerpo de papel de diario y cuerpo de carne. Al fin y al cabo, todos pueden ser lo mismo, materia bajo una misma luz, condenados a padecer bellamente la material mortalidad.

Fernanda Yévenez

  


1 Durante años, el espacio donde ahora está la sala de arte, fue un almacén de abarrotes. 

Habitando entre la resistencia y el olvido

El poblamiento de la ciudad de Santiago se ha visto sometido a diferentes vaivenes y ritmos, una de sus fases más prolíficas y explosivas fue entre 1940 y 1960, efecto del fenómeno migratorio desde el campo a la ciudad. La capital duplicó su cantidad de habitantes, y se vio inmersa en una gran crisis habitacional. Como respuesta el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970), desarrolló la llamada “Operación Sitio”, consistente en la otorgación de créditos para la adquisición de pequeños terrenos. Sin embargo, esto no fue suficiente para dar abasto al voraz poblamiento de la actual ciudad; la alta necesidad de espacios y viviendas, sumado a la lentitud de la implementación – precaria autoconstrucción de casas y escaso equipamiento urbano- dio paso a las tomas de terrenos y a la posterior aparición de varias poblaciones de Santiago. En el caso del sector norte de la ciudad, sitios intersticios1 como La Palmilla Oriente.

Hoy en la sala de arte2 se presenta la obra “Redención” del artista Andrés Maturana. A través de la instalación, los documentos gráficos, los objetos y los soportes audiovisuales, la muestra reflexiona en torno a la génesis y el carácter de patrimonio inmaterial de la memoria e identidad, identidad que se forjó simultáneamente con la población La Palmilla Oriente. La operación artística hace emerger la pregunta por la función del barrio como sitio de resistencia o lugar de olvido frente a la ciudad y la vorágine capitalina.

¿Cómo puede un malestar colectivo generar identidad? Pregunta esencial para pensar en la génesis del barrio. Habitar un sitio es sinónimo de apropiación, que inevitablemente exige una toma de posición en un terreno específico3. Hace aproximadamente 60 años atrás, nació La Palmilla Oriente. Fue en el fundo Santa Elisa, su dueño Alberto Echegaray dividió y vendió una serie de propiedades, es a partir de ahí que comienza el poblamiento del barrio.

Los sectores periféricos de Santiago tienen una existencia incierta, están en los bordes, en la zona difusa, donde siempre se escucha el rumor de la expropiación. Forjar un sitio habitable es una instancia (como realidad social) que transgrede el espacio individual para concluir en el colectivo, en este caso lleva a la unión de los habitantes, a través de cuerpos vecinales cómo la “Asociación de propietarios y pobladores de La Palmilla Oriente”4. El barrio que hace 60 años atrás carecía de emplazamiento básico y urbanización, no era un barrio, era solo un terreno. La falta de lo necesario para habitar fue la esencia del malestar colectivo que unió a propietarios y pobladores para erigir el barrio, fue lo que los movió a trabajar en comunidad. El encuentro y la convivencia entre personas, el contacto humano, es propicio para el júbilo y el relajo, lo que creo es esencial para la existencia de una comunidad. Un colectivo que se identifica a través de sus relaciones de convivencia (las instancias de esparcimiento y la participación de sus integrantes) deviene grupo humano que resiste la homogenización y envasado, elementos característicos de la ciudad moderna. El barrio desde sus inicios contó con celebraciones como La reina de la Palmilla, reuniones en bares y cantinas del sector, clubes y actividades deportivas, etc. Estamos frente a un cuerpo colectivo que se personaliza a través de la obtención y construcción de insumos sociales básicos y recreación. Forjar un barrio lleva a consolidar una identidad colectiva.

El espacio pequeño del barrio permite una relación más cercana e íntima entre sus habitantes, a diferencia de la que se desarrolla en la ciudad y los centros capitalinos; en estos los individuos chocan entre sí como partículas, una rutina cuántica, nexos sin trama, sólo unos cuantos encuentros casuales en las pistas del concreto y hormigón.

En esta muestra algunas piezas funcionan como reliquias; los restos de demolición de espacios que alguna vez fueron construidos mano a mano, sumando manos. Estos hoy se exponen como testigos del paso del tiempo y avance de la urbanización invasiva, como un indicio del barrio resistente que fue arrasado por la creciente urbe. Un antiguo órgano vivo extirpado del cuerpo brillante y luminoso de la mole de concreto. Hay algo más allá de la loza y el ladrillo destrozado, hay habitantes que perdieron su patrimonio material, perdieron el lugar donde vivieron, eso los lleva a encontrarse hoy en un sitio del olvido. El riesgo de perder el patrimonio inmaterial (queda sólo el recuerdo como posibilidad de existencia), conlleva el riesgo de la desaparición de la identidad local. Pero no todo está en la construcción, el inmueble; el territorio se habita desde el emplazamiento y las vidas desarrolladas en él. Los habitantes son tan parte del barrio como sus calles y sus construcciones.

Santiago de Chile, organismo vivo con apéndices. La esencia urbana se esparce y avanza como metástasis hacia sus periferias, y estas tiemblan ante su rumor. Pero no todo es muerte súbita, estos espacios de la resistencia y el olvido son tan materiales como inmateriales. La devastación puede arrasar con las construcciones y el material, pero el colectivo humano ejerce la resistencia que constituye el soporte para vencer al olvido. Los niños de ayer son los ancianos de hoy, sus memorias son confidentes de la génesis de La Palmilla Oriente, y sus manos artífices del sitio; el testimonio y el recuerdo son la resistencia, mientras ellos nos hablen, el barrio permanecerá vivo a través de la memoria colectiva, haciendo del olvido un rumor.

La construcción mano a mano de una localidad funde al sitio y al habitante, patrimonio material e inmaterial que se crearon a la par. Ambos son la fachada de la localidad, marcados por huellas mutuas, huellas de la resistencia amenazadas por el olvido.


Fernanda Yévenez.


1 En este caso, utilizamos el concepto como espacio transicional entre dos etapas definidas de un proceso evolutivo de urbanización.
2 Sala de arte La Palmilla Oriente.
3 en el caso de La Palmilla y más puntualmente La Palmilla Oriente desde avenida Zapadores a avenida Principal, y desde calle Alberto González hasta Av. La Palmilla.

4 Cabe mencionar al respecto que en 1971 se formaliza la junta de vecinos N°18 de La Palmilla Oriente. 

La comunión de las plantas

“Mi jardín es mi más bella obra de arte. Todo lo que he ganado
 ha ido a parar a estos jardines. Todo el mundo 
discute mi arte y pretende comprender, 
como si fuera necesario, cuando
 simplemente es amor”.


 Claude Monet




¿Cuánto puede brindar un jardín? Hay mucho más allá de sus paredes celulares. En el barrio La Palmilla y en general en la comuna de Conchalí, muchas de las casas son antecedidas por un pequeño jardín delantero. Cada uno es distinto del otro, sin dejar de ser lo mismo genéricamente (un jardín). Cada cual posee su propio decorado y sentido constituido por diversas plantas, maceteros y objetos que conviven en el espacio del jardín. Para quien visita el barrio esto puede parecer muy llamativo e inusual -el ante jardín en un gesto algo selvático, desatado, se expande hasta la vereda- sin embargo, es un rasgo repetitivo, las casas se muestran únicas a través del gesto común del jardín personalizado. Es una forma de singularidad común del barrio y sus habitantes, que se configura como rasgo característico de La Palmilla y Conchalí, la imagen de un colectivo. Los jardines personalizados funcionan como la cara visible y reconocible de la comunidad, que se rebalsan más allá de las rejas, tomándose la calle.

El espacio del jardín se plantea como un límite, un espacio intermedio, que hace de transición entre el exterior de la calle y el interior del hogar. Es mediación e invitación, el interior volcado hacia la calle, invitando a quien se aproxima por la vereda a ingresar al espacio interior. Un espacio en el que se encuentran y mezclan interior y exterior, dueño de casa y visitante.
La exposición “Jardín” de las artistas: Isabela Millán, Macarena Cuevas y Filippa Leporati, es una instalación orgánica realizada con plantas recolectadas desde las casas de los vecinos del barrio. Cada una de las plantas de la instalación, significó para las artistas, un recorrido, un trazado a través del plano del barrio, donde cada parada es un punto expansivo. La reunión por y en el jardín, lleva hacia el dueño de casa, quien es propietario de las plantas y responsable de su cuidado. Cada uno las elige por motivos personales, ya sea por su aspecto o cualidades, y las cuida a su manera, como parte de su quehacer cotidiano en la casa. La operación artística permite que cada planta represente a su dueño, montando una comunidad orgánica al interior de la sala de arte.

La comunión en el Jardín.

Un espacio de encuentro y convivencia, un terreno calmo y pausado. El jardín aquí funciona como una parte más del habitante de la casa, pero no sólo es parte de el porque lo cuida y personaliza, es un espacio de comunión. El jardín expande la intimidad y personalidad de su cuidador hacia la calle, pero también la intensifica dentro de él. ¿Qué brinda el jardín a su cuidador? Un umbral del cuidado y la pausa, un escenario del cotidiano y la delicadeza. Cada cuidador de jardín realiza una procesión, para atender a sus plantas, cada una de ellas le exige su mano blanda y benefactora, generándose una simbiosis[1] estrecha, donde se invierte y encapsula el tiempo, revistiéndose de un carácter casi ritual. Las plantas son confidentes de secretos y pensamientos, sus necesidades generan en el cuidador la instancia para meditar y dar paso al procesamiento del día a día. No sólo plantas y cuidador son beneficiados en este umbral vegetal del florecer, los objetos cotidianos son resignificados y reciclados, ya sea como maceteros o como elementos que forman parte de la caracterización de la pequeña comunidad verde. Revestido del verdor y humedad, el jardín puede tornarse el espacio más íntimo, donde los confidentes vegetales acompañan en la pausa y reflexión, mientras que en cada cuidado y atención el cuidador brinda entrega y compromiso. Todo ser que comulga en este portal vivo, es cultivado por los otros; conviven a través del tacto sutil y el compromiso.

La obra encierra dentro de sí múltiples relatos. Hay una historia tras cada planta y cada objeto curioso que la acompaña contada por el cuidador, que a la vez tiene una propia. Hay otro relato en la aproximación a la comunidad por parte de las artistas, y a la vez uno propio en cada una de ellas; todos se reúnen en el proceso de obra, haciendo de la instalación sólo una parte tangible de la experiencia, que representa la función que tuvo el jardín, el lugar de comunión entre los cuidadores, las plantas y las artistas. Las plantas hablan como si fueran sus cuidadores.

Las comunidades humanas somos como comunidades de plantas, cada uno único e irrepetible, y en este mismo aspecto, parte constitutiva de una comunidad simbiótica. Similares en formato, e irremediablemente diferentes en contenido, historia e interior; a medio camino entre jardín humano y comunidad vegetal. 



Fernanda Yévenez




[1] Interacción biológica, relación estrecha y persistente entre organismos de diferentes especies.

Etopeyas y prosopografías en el retrato

Cómo género en la pintura, o como forma misma dentro del arte y sus disciplinas, el retrato es de las más antiguas y numerosas representaciones. Podemos encontrarlo en forma de bustos, pinturas, monedas, estampillas y otros a lo largo de la historia. ¿Que hace a un retrato distinto de otro? Además de las características propias de cada uno, hay elementos externos, propios de su génesis que los determinan tajantemente. A través de la historia del arte occidental, podemos establecer dos líneas mayores; el retrato conmemorativo e ilustre de función pública e institucional, y el retrato conmemorativo, pero más afectivo, de función íntima y exploratoria. Un factor determinante y divisorio entre ambos tipos es el encargo y la función. Puede otorgarnos a un individuo institucionalizado reconocible por sus hitos y acciones, o a una persona visible en su interioridad; ambos persiguen un fin prístino, pero con distintos niveles de intimidad. 

En el retrato se juega con imaginarios; la captura de las formas físicas del individuo opera como plano contractivo y expansivo a la vez – contrae al mostrarnos al individuo dentro de sí, y expande al mostrarlo por su interacción y relaciones con el entorno, quien es el en su contexto-.

Retratar es una acción inherente al ser humano, la practica ha sido avistada desde la prehistoria. En el Antiguo Egipto, se practicaba el retrato de tipo escultórico -realizados con máscaras de yeso modeladas con los rasgos del difunto- guardan una relación táctil con el modelo original, no obstante, no se trata de obras realistas ni naturalistas; es un retrato más bien tipológico, donde lo nominal y característico se daba por el nombre y no por una caracterización física. Quienes figuraban en estas representaciones eran gobernantes, se trata de retratos mortuorios de función pública e institucional – buscan preservar y retener la imagen de ellos como gobernantes del imperio y no como individuo caracterizado. En el Imperio Nuevo, con la llegada de Amenofis IV y la reforma religiosa, se produce también un cambio de estilo; se producen retratos más realistas y naturalistas, de tipo fisonómico y con tonos psicológicos. Ejemplo de esta época es en conocido busto de Nefertiti(1). Hoy desde la era contemporánea poseemos en el imaginario colectivo todo un relato de múltiples alcances sobre la reina de la dinastía XVIII de Egipto – toda una vida casi palpable en nuestros días, sobre una mujer que vivió hace más de 3000 años atrás, todo gracias al poder de la imagen retratística- Nefertiti es casi una celebridad coetánea gracias a lo palpitante de su retrato, mito y fama. 



Dos modalidades de representación; una tipológica e indicial, y otra fisionómica y naturalista. El asunto de la mímesis desde la distancia y la proximidad respectivamente. 

El retrato literario es útil al pensar en la pintura - prosopografía y etopeya generan imágenes desde dos focos de caracterización diferentes. La primera corresponde a una descripción física de un individuo -en contraste con su opuesto, la etopeya; descripción psicológica y moral de un individuo-. 
Volviendo a la bidimensionalidad, nos encontramos con los retratos mortuorios romanos de la región de Fayum en Egipto. Estos son los más antiguos del género de la pintura. Conocidos como “Retratos de Fayum” (por encontrarse principalmente en este distrito), surgieron durante la ocupación romana en Egipto, alrededor del siglo I a. c. y el siglo I d. c. Consisten en tablas de madera pintadas a la encáustica o al temple, que se posicionaban sobre el rostro de las momias envueltas en tela. Presentan un encuadre en primer plano, con el rostro de frente, son muy naturalistas, dan cuenta fielmente de los rasgos del difunto. En comparación a los retratos egipcios mencionados anteriormente, estos son los primeros conocidos donde se retrata a personas particulares, gente que murió en Fayum, que no eran parte de la elite política, social ni religiosa. Muestran un contexto más íntimo, donde se desea memorar el rostro del ser difunto. Estas pinturas se salían del estilo y gusto imperante en la época, no responden a un encargo institucional.

El grado de acuciosidad mimética, el encargo y la función surgen como factores determinantes para la esencia de un retrato. La exposición “Retratos” montada en la sala de arte La Palmilla Oriente, da cuenta de lo ecléctico y anacrónico que pude resultar el retrato contemporáneo fuera del encargo. Esteban Domaica y Santiago Perdiguero son los artistas que exponen; ambos pintores ya de largo recorrido en las artes, presentan hoy retratos, que responden directamente a sus gustos, deseos, fijaciones e investigaciones desarrolladas al interior del taller.

Por parte de Santiago, puede apreciarse un pincel que plasma otra época -manipulado por una mano melancólica que pinta de manera más académica- deja ver los afectos comprometidos con lo que el tiempo se llevó del presente, pero que persiste en la memoria y añoranzas. Hay mucha introspección, una etopeya que funciona más allá del cuerpo, es igual de intima en el retrato del padre, en las manos delatadoras del pasar del tiempo, y en la vista socavadora y envolvente de la mirada sumida en el mar. En la obra de Esteban el soporte y lo técnico, han sido ajustados para resolver nuevos problemas. Estos retratos que muestran el gusto por el feísmo, junto a un guiño a los retratos de Lucian Freud y Francis Bacon; son realizados sobre soportes reciclados -cartones y maderas, restos de anuncios publicitarios- que no esconden su vida anterior en su actual reconfiguración. Estos seres de la podredumbre y la descomposición corporal toman cuerpo a través del empaste insolente de los tonos artificiosos de pintura. Ellos no existen realmente, pero su referente mimético está en imaginario cadavérico y la humanización: son muertos vivientes que se humanizan a través del encuadre en primer plano – como un carnet de identidad- y a través de la gestualidad ¿Quién está ahí? A través del gesto y movimiento somos libres de elegir ver tanto un hombre o como una mujer, o personas de edad madura, o quizás viejos. Son visitantes de la imaginación que se manifiestan de manera prosopográfica. El primer plano y el plano medio nos obligan a seleccionarlos con la mirada, como lo hace el marco y el detalle en los retratos introspectivos y afectivos de Santiago Perdiguero.

La capacidad nominativa del retrato es muy versátil, puede expandirse hacia el exterior, la historia y contexto del individuo, o a sumergirnos en su interioridad. Y el cuerpo, el cuerpo es un contenedor que puede ser la base para presentarnos a alguien, o ser totalmente prescindible para que el individuo se manifieste a través del retrato, que lo singulariza y selecciona en la ventanilla del encuadre.


Fernanda Yévenez


(1) Nefero Atón Nefertiti (c. 1370 a. C.-c. 1330 a. C.) fue reina de la dinastía XVIII de Egipto, la segunda Gran Esposa Real de Ajenatón (akenatón). El busto es considerado una de las obras maestras del arte egipcio, elaborado por el Escultor Real Tutmose o Dyehutymose (1330 a. C.), artesano y maestro esculor durante el reino de Akenatón, en la época de Imperio Nuevo de Egipto, Durante la Dinastia XVIII de Egipto. Actualmente se exhibe en el Neuhes Museus, Berlín, Alemania.

Lejanías

Pues lo que importa no es la luz que encendemos día a día,
sino la que alguna vez apagamos
para guardar la memoria secreta de la luz.
Lo que importa no es la casa de todos los días
sino aquella oculta en un recodo de los sueños.
Lo que importa no es el carruaje
sino sus huellas descubiertas por azar en el barro.
Lo que importa no es la lluvia
sino sus recuerdos tras los ventanales del pleno invierno.


 La Lejanía se genera en relación a un elemento seleccionado, en relación a aquel, se puede estar más o menos distante. Más que la separación geográfica o el tiempo concreto que encarnan esta distancia, la lejanía es el sentimiento, el estado de quien guarda distancia con su elemento escogido. Cuando el elemento distante es constitutivo de la vida e historia de quien se encuentra lejos, el estado de lejanía se torna denso, significativo y determinante.

    Chile, país fuertemente centralizado, reiteradamente demanda al joven de provincia viajar a la región metropolitana. La capital se irgue como sinónimo de crecimiento, experiencias nuevas, excitación y apertura hacia el mundo. La capital exige hacerte lejano a tu origen, para crear en ella el presente y futuro. Viajar desde regiones a Santiago; a la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, es la lejanía que comparten Rodrigo Carmona, Macarena Caroca y Dayana Sepúlveda. Lejanías es la puesta en imagen del estado que comparten.

     Los artistas en su recuerdo y pintura han decidido observar el origen como el elemento que dará carácter a sus lejanías. El estado lejano sentido en el presente, puede ser bidireccional; estamos lejanos del pasado y el futuro. En esta ocasión, el pasado y lo vernáculo vienen al presente. El origen, lugar de donde provenimos; el primer contenedor, paradójicamente está dentro de nosotros. Este se materializa, desde nuestro cuerpo psíquico como una costra, 100% materia propia y experiencia.
    La costra es el ayer en el presente, actualizándose a cada segundo. Pero es muy distinta a su origen, la herida; y a pesar de no presentar el mismo aspecto y forma, sabemos que son lo mismo. La costra es una huella de la herida.

La fuga

    Se pierde nitidez al estar distante, los detalles y la trama se esconden de la vista. La muestra nos brinda dos tipos de visión, una atmosférica, y otra de prensa y homogeneidad.
    Punto de vista. Estar lejano y observar el pasado, determina automáticamente una visión que se proyecta; en la composición de la imagen, el artista ingresa como un testigo. El ojo del pintor está dentro del espacio representado -desde él se está observando- está presente como un límite físico de la composición. Las imágenes de su origen están siendo observadas desde la fuga; como en los ojos de un huésped a las entradas de su nuevo hospedaje. Pero es una fuga hacia y desde el pasado conservado en el interior. En las pinturas de Rodrigo, la casa y los paisajes del origen encierran un secreto -de ellos emergen, se filtran y fugan las luces interiores- recalcando la distancia. Es una mirada melancólica, permite sentir cómo el hogar se aleja en la deriva, a la vez se torna siniestro; lo familiar se distorsiona, se ve y no se reconoce. Para el artista, lo siniestro y grotesco son elementos propios del imaginario respecto a su origen -Linares, en la séptima región- donde los mitos y rumores calzan a la perfección con la luz y sombra entre el follaje, la naturaleza y animales, el hombre y sus construcciones. Límites y formas se desdibujan insinuantes. 

    En la obra de Macarena, el recuerdo y la distancia se fugan a partir de situaciones y personajes de dudosa existencia; en interiores y exteriores indeterminados, que tienen origen remoto en Coquimbo. Lo siniestro y escalofriante se ve acentuado por la presencia de figuras humanas (no personas), como bloques -cuerpos en un espacio, cuerpos sin nombre- que quizá en el índex, eran alguien en particular. El tratamiento de las imágenes acentúa el sentimiento de lejanía, hay una atmosfera entre quien ve y lo observado. Pero aquí, el tratamiento del color, pinceladas y encuadre se sienten como una fotografía. La fuga se proyecta a través del ojo de la cámara, como quien observa a lo paparazzi. Hay que estar inmóvil, paralizado, para así, no interrumpir la trama interna de la escena observada.

    Espacio homogéneo. En la obra de Dayana, la imagen se presenta como una “superficie omnipresente”; en ella conviven múltiples espacios, el hogar lejano y la residencia actual. Se disuelven las distancias físicas y la particularidad del sitio. Podemos encontrar la luminosidad característica de Copiapó y vistas de sus alrededores, junto a personajes y elementos de la capital. Presente y pasado se ensamblan y fusionan, logrando una visualidad nueva y homogénea, que, no obstante, alberga vacíos y borrones. Las múltiples imágenes del hogar ya deshabitado, junto a las emergentes y frescas del presente en la capital, conforman un registro heterogéneo. La tela opera como archivo, como museo de experiencias del habitar. Las imágenes plasmadas en conjunto sobre la superficie, devienen en unidad, en homogeneidad; una prensa. Sin embargo, la homogeneidad no es lisa y saturada, en ella hay lugar para el vacío y borrones, que armonizan junto al recuerdo y lugar nítido -como una partitura; los silencios (lo borroso) tienen la misa importancia semántica que las notas (lo nítido)-. La artista nos muestra estampillas de su historia reunidas en un mismo lugar, un pequeño museo de los sitios donde habitó y habita.

La perspectiva, el devenir, está presente en la obra de los tres artistas. En los puntos de vista (Macarena y Rodrigo) se manifiesta concretamente en la visualidad que compone el espacio; en el espacio homogéneo (Dayana), se expresa a través de la convivencia del pasado y presente. La costra, como el punto de fuga, devienen; es herida, es costra, y finalmente es piel nueva que convive homogéneamente con la piel anterior, son una sola. Costra, perspectiva y fuga son proyecciones de la realidad (como materia y espacio respectivamente) en el tiempo.  


Los tres artistas nos ofrecen un sentimiento de despojo y turbulencia, la melancolía y la pérdida, vistas con fascinación y un poco de nostalgia a la vez. Como costras, hay capas de esto y aquello, de hoy y ayer. Las heridas abiertas ya no están, pero dejan su rastro, su huella. Costras, como acumulación de experiencias, viajes y traslados. Cómo el placer morboso de sacar las costras, observar desde lejos, en silencio y en el anonimato, dejando entrever lo que había antes. Intentar conservar lo fugaz, una iniciativa romántica y melancólica, como crecer, y entender que la vida pasa; y el hogar, el origen, están cada día más lejos. Como perspectiva, lo anterior y posterior conviven, y resultan en fuga. Empezar a recorrer con entusiasmo por el porvenir, pero inevitablemente con melancolía, porque el hogar a cada segundo está más lejano y borroso, exponencialmente lejano, hasta llegar a ser casi un desconocido. Es uno el que se fuga, y que inevitablemente, está lejano. 

Fernanda Yévenez