Mostrando entradas con la etiqueta texto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta texto. Mostrar todas las entradas

El miedo más absurdo y profundo de la humanidad


¿A qué le tememos los mortales? Quizás al estancamiento, al anonimato, al ocio, a la locura, a la libertad, a la soledad, al sin sentido, al trabajo, al amor, a la ceguera… estos son sólo algunos de los miedos que podemos sentir. Entre todos estos hay uno que nos hace producir monstruos desde la razón, el miedo al olvido y a la muerte.
Cada época con sus características se refleja en las creaciones culturales del hombre, en ellas podemos ver los temas que afligían y apasionaban a la humanidad de aquel entonces. Generalmente se trata de conflictos contra algo de escala monumental y amenaza vital. En la época Clásica encontramos al hombre contra la naturaleza, otros hombres, y contra dios. En la modernidad se enfrenta a la sociedad, a sí mismo, y a la caída de dios. En la posmodernidad los contrincantes son la tecnología, la realidad, y el autor. En todos estos conflictos resuena una acción, trascender. No creo que todos los hombres se percaten a cabalidad de esta pugna, pero sí creo que los artistas viven atravesados por esta constante crisis, teniendo conciencia de sus aptitudes y alcances dentro de ella. El arte tiene el poder de testimoniar nuestra esencia generacional.
El hombre debe morir, la mortalidad es el común denominador del individuo y la humanidad. Sin embargo, siempre va en busca de la vida eterna. Desde los orígenes nos hacemos la falsa promesa de la inmortalidad; materializándola en dioses, religión, amuletos, ciencia, tecnología, y unicornios.
Si, unicornios. Este mítico ser es un símbolo persistente y multitemporal que ha existido en la cultura humana desde sus orígenes. Las representaciones hechas por el hombre en distintos lugares y épocas lo han dotado de una densidad iconográfica rica, versátil y a la vez unívoca. Es la absurda promesa de la vida eterna.
Sus raíces están en la mitología griega, surgió a la par del universo y antes que el hombre. La creatura emanó directamente de las manos del Único, como la canalización armónica del claroscuro caótico que había en el inicio de todo. En principio fue espíritu, al llegar a la tierra se encarnó como Asallam; el primer unicornio, quien aparta de sí toda oscuridad y tiniebla. Lo primero que hizo fue penetrar una roca con su cuerno, de la cual surgió la fuente inagotable de la vida. La tierra que era fuego asfixiante y llanura infértil se inundó en vertientes de agua, dando origen a toda forma viviente. Asallam era el instrumento de amor de El Único, quien lo designó para ser el guardián del Jardín del Edén: Shagamin, lugar donde el unicornio prometió quedarse para no regresar a la morada de la luz hasta el fin de los tiempos. Luego vino el primer hombre, Asallam fue lo primero que contempló, a partir de ahí sus destinos se enlazaron en amistad, amor y búsqueda de la luz. El unicornio es el encargado de guiar a la humanidad hacia esta, brindando protección y consejo a través del tiempo y el espacio. Ellos no eran los únicos seres en la tierra; en el mundo subterráneo de tinieblas y fuegos se filtraron hilos plateados de agua y vida, dando origen a Yaldabaoth, el primer dragón. Corrompido de corazón por el ego y la adoración de su reflejo en las aguas del reino subterráneo se multiplicó en múltiples formas y tamaños, pero con la misma sangre fría y aguda inteligencia. Mientras crecía, también lo hacía su odio por el unicornio y el creador, a quién buscaba para destruir y así dominar la vida y la muerte. La Serpiente, ágil, astuta y delgada era el agente perfecto para la misión del Dragón; corromper los lazos entre el unicornio y los hombres. Hizo reptar sus palabras entre estos últimos; dulces habladurías dieron puntadas a sus corazones, dejando hilos de desconfianza y ambición. Las mujeres esquivaron la retórica de la serpiente, la intuición es el escudo y el catalejo. Los hombres se entramaban en desconfianza, su amigo el unicornio ya no les parecía gentil; más bien lo empezaron a ver como un egoísta que los limitaba y privaba de los exteriores del Jardín (supuestamente más fértiles y hermosos) para mantenerlos en la mansedumbre y opacidad. Asallam se percató de este quiebre, paulatinamente tomó distancia, no podía obligarlos a creer en la luz de su palabra. El más osado e impulsivo de los hombres alzó los brazos en obstinación, llevando en grupo a los demás a romper las cadenas del Jardín, las mujeres solo asintieron tristemente… así empezó la desgraciada condena de la humanidad. Enterado El Único de las decisiones y acciones del hombre, tornó oscura y desolada la atmósfera vital de la tierra, generando un vacío en el espíritu y mente de los hombres, perdieron gracia en sus cuerpos y movimientos, mientras los sentimientos se asemejaron al abismo. El hombre empezó una caída interminable hacia la desesperación, la adoración de la banalidad y el desdén entre hermanos; su vista y espíritu se nublaron, sólo tuvo visiones erradas, carentes de amor y coraje. El unicornio decidió deambular por la oscura tierra, acompañando desde el anonimato y silencio a su amigo. En nombre del amor original hacia la humanidad, continuó con su semblante de guía hacia la Luz Verdadera, pero a través de un velo turbio y brillo taciturno. El unicornio siempre tendrá una afinidad especial con el humano, sobre todo con las mujeres, pero con el paso de los años la relación ha perdido su tono, la codicia del hombre cercenó esta amistad, dando caza al unicornio para obtener su cuerno, la falsa promesa de la vida eterna.[1]
**
Fue un instante en el que todo se desbarató. Un instante en que las mujeres podrían haberse alzado y los hombres calmado sus pasiones. Hoy vemos a través de la pintura cómo podría haber sido todo, o como puede ser ahora. El pasado ya fue, pero eso no significa que desde el presente no podamos hacer algo al respecto. El tiempo es un constante devenir.
La exposición Kairós del artista Poncio es un portal que muestra la épica del unicornio y de la figura del artista. Aquí vemos aliados, no victimas ni victimarios. Victor Manuel Ponce es habitante de la comuna de Conchalí desde hace 40 años. El arte ha estado en sus manos desde la infancia. La trayectoria del artista define su trabajo; utiliza técnicas y materiales de su propia invención aprendidos en distintos momentos y oficios de su vida, dando cuerpo a esta obra donde vemos íconos e historias prestadas y reinterpretadas. Poncio es su propia reinvención; la pintura y la escultura son sus técnicas de autoconstrucción como artista plástico autodidacta, canalizador y productor de imágenes.
Pasado
U origen, Arché[2]. Tragedia, bien y mal. La humanidad como un péndulo entre polos opuestos. El hombre pierde el rumbo si no hay una pugna que lo comprometa. La voluntad natural del hombre puede volcarse por el bien o el mal, es libre de decidir. A la vez el mismo es polar, la lucha puede estar fuera o dentro de sí, pelea contra sí mismo para mantenerse vivo. A veces nos ofusca y atemoriza el ego, se defiende contra todo. Lograr iluminarlo es el desafío, librarlo de codicia y culpa; la voluntad es un motor que funciona en base a responsabilidad.
Presente
Muy cerca y lejos de ser Kairós. Pocos son capaces de percibir y entender el presente, pocos son contemporáneos a su época. Existían el unicornio, los hombres y las mujeres, pero lamentablemente nunca entendieron nada… ellos se dejaron llevar por las mentiras y la ambición, ellas sólo callaron y asintieron. Asallam debía llevarlos a la luz, pero ellos y ellas no entendieron que eran camaradas. No bastaba sólo con mirar y comprender, había que actuar con precisión y coraje. Poncio pinta al unicornio como un viajero del tiempo y el espacio, pero no galopa solo, el avance no sería posible sin la mujer. Y ninguno completa al otro, cada uno es en sí mismo; pero sin compañerismo y trabajo, sin amor, no hay futuro ni gracia (más allá de los obsoletos y estáticos binarismos) … No hubo crecimiento porque no vieron bien, la luz estaba lejos. Inevitablemente siempre habrá un después sucediendo al ahora. La virtud del después depende de las acciones certeras del ahora, y si estas se nublan, el después será podredumbre y miseria sin arte.
Futuro
Siempre llega, como la muerte. Se caracteriza por su compromiso, nunca se ausenta. Pero depende en gran parte del presente, es este quien le da la dirección, velocidad y sentido. Tanto los ciegos e ilusos como los despiertos y valientes hacen el futuro, lamentablemente se puede crear desde la oscuridad. Las visiones se manifiestan a plena luz como también desde la penumbra. La voluntad y la acometida son las que construyen el futuro, pero estas manos son humanas, pueden edificar desde el bien o el mal. Los hombres son capaces de construir la guerra y los genocidios, como también la fraternidad y la comunidad.
Sin embargo, el futuro no depende del todo del presente, siempre hay una cuota de azar. Una pequeña posibilidad de sorpresa y asombro. A quienes no vemos venir son los del futuro, quienes no invitamos, pero llegan igual. También tienen voluntad, y también nos observan, cómo el primer hombre observó al primer unicornio.
***
Sólo algunos viven el Kairós[3], los héroes y los verdaderos artistas (iluminados). Hoy mismo todos podemos ser héroes, pero hay que conocer las propias virtudes a cabalidad y actuar desde ellas aprovechando las circunstancias contingentes y mutables del ahora. No podemos manejar ni poseer la luz, ella es inalcanzable para nosotros, sólo la podemos canalizar y direccionar. Hoy en día la expresión de inmortalidad absoluta es la imagen binaria, virtual y digital, carece de un cuerpo que lo carcoma el tiempo. Podríamos pensar que el recuerdo y la mente bastan, pero son producto de la materia gris, materia mortal y perecible.
En relación con la vida eterna y nuestra naturaleza humana estamos en un conflicto. Vamos a morir mientras buscamos cómo trascender. Nuestro cuerpo está destinado a la podredumbre, pero nuestra imagen no. Podemos ver gracias a la articulación de nuestros ojos y la luz. Toda imagen debe ser iluminada (o tocada) para manifestarse, a la vez que alguien debe presenciarla para que sea vista. Hoy la vida eterna yace en las imágenes, pero sin luz estas no se revelan y sin espectador son inoperantes. Quizá en el futuro la imagen sea visible para seres de cuerpos no análogos, ellos podrán presenciar nuestra inalcanzable y absurda inmortalidad.


Fernanda Yévenez






[1] El relato pertenece al Libro de las Generaciones, texto hipotético reconstruido a partir de partes del Torá, Éxodo y en mayor parte del Génesis. Las secciones del relato que sobrevivieron se encuentran en Génesis 5: 1-32 y 11: 10-26, comprende un linaje ininterrumpido de Adán a Abraham.
[2] Concepto de la filosofía griega que se refiere al inicio u origen de todo.
[3] Concepto de la filosofía griega que se usa para designar un lapso indeterminado en que algo importante sucede, el significado literal es Momento adecuado u oportuno. Eurípides lo definía como “el mejor guía en cualquier actividad humana”. Es un concepto bastante amplio, pero siempre se asocia con la eficiencia en situaciones imprevisibles e inusuales, una condición indispensable para el éxito en una empresa.

Descolocación Pegajosa


A las obras que componen Paisaje de Benjamín Gallardo la merodean ideas, seres y materias viscosas con hedor a antigüedad. Gateando en nuestra percepción digital del espacio estas sustancias anacrónicas comienzan su merodeo por la exposición. En Google Maps  se pueden encontrar los negocios del barrio de la Palmilla pero en la misma apps, no puedes encontrar a La Palmilla Oriente, ex Provisiones Oriente, antiguo almacén ahora detenido en el tiempo. Se las han arreglado para quedarse atrás en las tecnologías de las coordenadas espaciales. Inversión inútil pero graciosa del rol que pueden llegar a jugar los espacios artísticos como hitos icónicos (orientación cognitiva) de una comunidad, así como también del papel que desempeñan en el encarecimiento de la misma (desorientación cognitiva y material). De todas formas, en las periferias de Santiago y en el país de la centralización esto difícilmente podría llegar a ser el caso.
                                                                      ***
A pasos largos se acerca….  Hace casi cien años atrás, artistas provenientes de Chile extrajeron de Europa un proceso. Este pensamiento/acción iba más o menos así: seleccionabas las diversas figuras orgánicas de la realidad y las simplificabas hasta el punto de que parecieran formas geométricas, lo que obtenías entonces en  tus pinturas era la representación de una realidad enrarecida  Esta forma de hacer arte la observaron en las pinturas de Cézanne y de los artistas cubistas, quedándose plasmada en sus miradas. Puede ser que aquello que vieron nunca estuvo en esas pinturas realmente sino que provenía del propio cerebro de estos antiguos compatriotas. La sustancia era pegajosa, no podían verla pero podían sentir como cambiaba sus gestos, como les interfería en sus dedos, en sus miradas. No habría más remedio, el proceso volvería con ellos.

En el circuito nacional, la idea se mostró prolífica y fue abrazada por las personas que se dedican al mal pagado negocio de hacer imágenes con sus propias manos. Los años pasaron y el proceso de llevar la figuración hacia la abstracción fue repetido, mutado, olvidado, recuperado... Un día Benjamín también se contaminó con él, y lo sometió a su propia mutación.

Lo que Benjamín ha hecho al contemplar el paisaje es seleccionar y someter sus diversos elementos a una expresión de líneas simples, abstractas, pero no geométricas. Sin embargo, la forma en la que él ordena el espacio de lo que su mirada capta responde a otro impulso, el cuál haya su fuerza en una sustancia que no se adhiere al cuerpo, ni a los pensamientos, ni a los órganos, porque más bien emerge de ellos. Es tan anacrónica como relativamente universal.  Es acaso la instancia en la que una imagen más puede parecerse a una risa, a una expresión de dolor, a una mueca de asco. Corresponde al modo intuitivo de representar un espacio, sin perspectiva clara, donde la lejanía es interpretada como una cosa sobra la otra y que vemos constantemente en los dibujos de niños, en las obras de algunos pintores sin formación académica, apodados naif o ingenuos, y en las antiguas culturas agrícolas.   

La abstracción de las formas hacia la simpleza, como el ordenamiento ingenuo del espacio, hacen simbiosis para dar paso hacia una representación de las energías que son consecuencia de los actos humanos y que recorren estos paisajes, por ejemplo: La desolación y pesadumbre en el cemento de la Ballenera de Quintay, el terror de un fuego que recorre el bosque y podría tener como causa tanto un acto revolucionario como uno reaccionario, hecho que contrasta con la tranquilidad ambigua de las “casitas” que habitan el paisaje.

Al asumir un volumen, una objetualidad, un primer grado de detención en la matriz, estas imágenes han tenido que asegurar su posibilidad de circulación tomando una similitud con el formato de la estampilla. Y lo han conseguido gracias a la modulación de los colores, al pegamento que las adhiere  a la pared, a la técnica del grabado que los multiplica en el espacio y al montaje que los transforma en un conjunto diferenciado. Ahora estos paisajes pueden estar deseosos de circular en nuestras miradas y manos ¿de qué buscaran contagiarnos en este crudo invierno?




Iván Marifil











Prometeo desencadenado del plinto



“Aquí estoy y me afianzo;
formo hombres
según mi idea;
un linaje semejante a mí,
que sufra, llore,
goce y se alegre,
¡y que no te respete,
como yo!”
J. W. Goethe.[1]


Hoy nos encontramos en la Sala de Arte La Palmilla Oriente, donde figuras humanas se distribuyen concéntricamente en torno a un martillo invertido. Suena como un extraño escenario; un espacio tomado por intimidantes humanoides; cascarones de hombres y figuraciones humanas de desecho, reunidas para increpar a la herramienta y la materia prima; la técnica y la naturaleza, el martillo y la piedra, la solución y su problema progenitor.
Primero fue la naturaleza por sí misma, luego llegó el hombre a transformarla. Sin un problema no habría respuestas ni soluciones. Sin una piedra por devastar, el martillo y el cincel no tienen propósito ni sentido. ¿Qué es el hombre sin la técnica, que queda del hombre ante la naturaleza sin la luz que le brinda esta?
Desde los inicios de la era humana, el hombre ha recurrido a las herramientas y al “saber hacer” para erguirse ante la fuerza e ímpetu de la naturaleza. Podemos comprender la cultura y sus manifestaciones como producto de la técnica humana transformando la naturaleza. Una de estas es las artes visuales, nos invaden a través de las imágenes, e incluso, en nuestra propia dimensión espacial. ¿Quién no se ha sentido amenazado o sorprendido por una estatua imprevista, entes volumétricos que dejan sentir su cuerpo cerca del propio? Sin haberla visto, sentimos su pregnante presencia.
La exposición de los artistas Nicolás Salazar y Kevin Parra lleva por nombre Prometeo, como el mito atávico sobre el titán que burló a los dioses y les robó el fuego para dárselo a los humanos.[2]Este fue condenado de tal forma que su condición inmortal fuera la causa de su sufrimiento; encadenado a una roca en los más alto de la región clásica de Escitia, un águila devora su hígado (que se regenera) hasta lo que dure la eternidad. El sufrimiento perpetuo del titán no tiene solución, es un suplicio eterno. Los humanos perecen, los titanes y dioses no.
La escultura ha pasado por muchos estados y formas, distintos estilos y distintas concepciones de sí misma. Desde sus orígenes a estado ligada al monumento; se entiende como la convención formal en la que la estatua debe representar un hito (casi siempre es un asunto de memoria política, social, histórica), que es definido y enaltecido por el plinto o basamento, levantando a la estatua del suelo y elevándola por sobre la escala humana, asciende a la escala monumental. En esta modalidad, la materialidad y la técnica son decisivas, se trata de componentes nobles y difíciles de trabajar, exclusividad y privilegio escaso, o que demande trabajo duro. Hubo un giro notable en la década del 60, de la mano del minimal y del arte conceptual. La disciplina es llevada a lo que no era por convención formal; el monumento, el plinto, los soportes materiales y el sitio de emplazamiento se ven desvirtuados y expandidos. La representación también se ve afectada; al dejar de lado la función conmemorativa de un hito para la comunidad, ingresa lo privado, íntimo o antojadizo en el cuerpo escultórico.
El trabajo de los artistas Nicolás Salazar y Kevin Parra funde el paisaje y desecho urbano en la escultura, el cotidiano más precario y mundano pasa a ser cuerpo escultórico. Ambos comparten el sitio diario de Conchalí, son artistas de la comuna.
En el caso de los cascarones humanos de Nicolás, estos son fundidos con material sobrante de su día a día, restos de metal que encuentra en el trabajo, en el trayecto a casa, o que le regalan sus amigos y vecinos. Los humanoides son creados pensando en el espacio público de la comuna. El proceso de construcción de la figura humana dista mucho del canónico, usa su propio cuerpo como modelo, un cuerpo como cualquier otro que no es seleccionado para el modelaje. Estas figuras pertenecientes a la serie “Hombre de Acero” poseen una reflexividad y emotividad propia de un hombre de carne y hueso, lucen como una epidermis metálica, modelada por el padecer y la sensible existencia humana. Son producto del viaje expresivo y sensorial del artista al entrar en contacto con el metal y el calor.
Las figuraciones humanas e inhumanas de Kevin provienen del desecho de cualquier índole; papel, bolsas, plástico, yeso, alambre, etc. Son restos de su cotidiano que recolecta bajo una dirección aleatoria. Son trabajados y desfigurados para ingresar al espacio expositivo artístico; galerías de arte y plintos. Sin embargo, esta desfiguración no es cosmética, todo lo contrario, busca resaltar lo cotidiano y residual del mamarracho que bizarramente se instala a la vista del espectador. Todo lo que puedas encontrar en un basurero o en el piso del aula de clases, lo puedes reconocer en las piezas de este artista recolector e irónico, insolentes y honestas a la vista del circuito artístico.
Ambos artistas generan un cruce entre lo cotidiano y lo público, llevan su imaginario local a la contemplación desplegada en el espacio abierto y centralizado.
La estatuaria conmemorativa tiene afán de titan (o dios), aspira a permanecer intacta e imperturbable en medio del espacio público. En su misión de convivir como un monumento o hito con su entorno, irónicamente, se espera que se conserve inmaculada e impoluta. Sin embargo, la ciudad y los habitantes arrasan con todo… la estatuaria conmemorativa es burlada y pervertida; rayada, cuatreada, intervenida, hasta disfrazada y travestida; irremediablemente se funde con los mortales, estos la sometemos a la fugacidad y la vulnerabilidad material. Tal como los humanos nos desgatamos con el tiempo, las estatuas -los aspirantes a inmortales- deben dar cara al desengaño y admitir su condición; son nada más ni nada menos que materia reactiva al tiempo y el entorno, materiales que ceden ante el día a día, dando cuenta de ello en su superficie visible. Todo lo que sea materia en el espacio cotidiano, está condenado a involucrarse con este; dejarse envolver del paso de la mano humana junto a sus creaciones y desechos.
Las representaciones tridimensionales siempre han convivido con los humanos y los objetos cotidianos; caminamos sobre la tierra y somos volumétricos, fue el plinto y la monumentalidad lo que nos hizo sentir “espacialmente” diferentes.
¿Habrá que beatificar o castigar a Prometeo? Nos dio la llama flamante de la técnica e inteligencia para dominar la naturaleza… subsumirla o convivir provechosamente, depende de la intención del humano. Afortunadamente existe el arte, afortunadamente existen humanos artistas como Kevin y Nicolás que revierten esta cadena de transformación y desecho.
Querido Prometeo, polémico Prometeo:
Así como le entregaste a Zeus la mitad de hueso y grasa del buey ofrendado en la antigüedad, en la era contemporánea has salvado a la humanidad trayendo el desecho y la impureza material a la escultura. La estatuaria conmemorativa debería ser encadenada y devastada eternamente por un águila en tu piedra, hasta lo que dure la eternidad.
Fernanda Yévenez






[1] Extracto del poema Prometeo, de Johann Wolfgang von Goethe.
[2] La tragedia es atribuida a Esquilo, dramaturgo griego (525 ac) reconocido como el primer gran exponente de la tragedia griega.  Existen pruebas de que Prometeo encadenado era la primera parte de una trilogía, sucedida por Prometeo liberado y Prometeo portador del fuego, de las cuales solo quedan fragmentos. Actualmente se discute la autoría de Esquilo, manifestando la duda de si la tragedia fue escrita por otro autor o un colectivo anónimo.

Donde caiga puede quemar



La Rayuela o tejo es un juego típico de las zonas rurales de Chile, su práctica se remonta a la época colonial. Siendo reconocida como deporte nacional el 2014, se juega dentro como fuera de la capital santiaguina; los rayueleros (nombre que reciben los practicantes del deporte) se organizan y compiten a través de los Clubes de Rayuela de ciertas poblaciones y localidades. El objetivo del juego es lanzar un tejo desde determinadas distancias para dar en la lienza; achuntar justo en el cordel blanco tensado sobre el cajón lleno de tierra. ¿Cómo se evalúa el resultado? Según la marca que deja el tejo en la superficie.
Actualmente Francisca Galaz expone Quemadas en la sala de arte La Palmilla Oriente. Compuesta por fotos, video e instalación, la muestra puede entenderse como un juego en el que se abre y expande la rayuela como una posible metáfora. La caída del tejo en la lienza es dar con lo que una sociedad normalizadora y moralizante exige, una existencia que no provoque conflicto ni incomodidad para el entorno. Pero que el tejo caiga donde se espera es sólo cuestión de probabilidades y especulación, las intenciones no siempre coinciden con los resultados. Siempre existe la posibilidad de no dar en la lienza, defraudando así las expectativas propias y ajenas. Hay muchas probabilidades de no dar con la norma y resultar ser un otro, una alternativa a lo normal[1].
La norma moral determina como ideal muchas cosas, cosas adecuadas que no perturben el debido orden expedito. Cosas cómodas y políticamente correctas. En el caso de la artista, provenir de la provincia de Santa Cruz, no ejercer una carrera tradicional, no tener una residencia fija y vivir su sexualidad de manera diversa; son algunas de las características que la convierten en un incómodo e imperfecto tejo que no llegó a la lienza, una jugada errada de un rayuelero que no ganó la partida. La marca alejada de la lienza resuena como el castigo, el peso de los juicios de un entorno social normalizador. Mas ¿Quién es culpable? Ellos y nosotros[2] podemos desear algo, pero el azar siempre tendrá el control… y lo ejerce a ojos vendados, sin preferencias, es así y nada más.
Un lanzamiento errado genera una marca, y en ocasiones un ruido sórdido. A veces suena poquito y otras mucho, sucede también que la huella es chiquita, otras profunda y definida. Los juicios son como las palabras y el sonido, reverberan de distintas formas en distintos lugares; los clubes de rayuela y sus localidades también. A veces dicen “Pueblo chico, infierno grande”; los poblados pequeños son como un charco, todos los seres vivos se conocen y ven de bien cerca. Las personas son juzgadas respondiendo a la parte por el todo, lo que se dice de ti se dice de tu núcleo humano. En una capital hay más espacio, más personas, más vectores con distintas fuerzas y direcciones; los juicios son fugaces y efímeros, pero abundan y acechan con la certeza de una flecha que te atraviesa a la vuelta de la esquina. Tanto en capitales como en provincias se puede ser un otro, una desviación a la norma abordada como terreno de juicios, terreno para lanzar piedras. Tanto en Santa Cruz como en Conchalí hay Club de Rayuela, tanto en el lugar de origen como en el lugar de destino hay una mirada calificadora.
La alteridad puede darse de muchas formas, inclusive puede sumarse como piezas de un juego de ludo (logrando así, que una sola ficha alcance el cuádruple de su altura). El género femenino ha sido una superficie de contacto que resistió y resiste mucho peso moral; expectativas y juicios represivos. La mujer fuera de la heteronorma es como una pieza de ludo con su nivel aumentado, doble represión, mujer y disidente sexual. Sobre esta figura cae un juicio que golpea castigando con un ritmo severo, que lamentablemente se ha visibilizado menos a través de los relatos oficiales de la historia, el arte, la política, etc. Relatos escritos por el poder normalizador, que busca arrullar plácidamente a quien no debe perturbarse, quien no debe desviarse de la norma.
Al fin y al cabo, ¿qué tan válido es un juicio en relación a lo relativo de la norma? Lo normal es, una imposición seleccionada por dar comodidad a una mayoría con poder, un consenso. Muy similar al decreto de ley que hizo de la rayuela un deporte nacional, lo cual es un neocolonialismo más, un consenso respaldado por el poder y la mayoría. El juicio entre personas es como un patrimonio de la humanidad; representativo e irrenunciable. Pero que sería de la norma sin su desviación, es la contraforma que la define. Sin tiros errados no hay quemada, sin un absurdo y delgado hilo blanco tensado sobre el cajón no hay diferencia entre ganar y perder. Aquí y allá, nosotros y ellos, estamos siempre sometidos a una endeble y antojadiza norma, en la cual daremos sólo si el azar lo permite, sólo si el azar a ojos cerrados nos da una quemada.

Fernanda Yévenez







[1]Normal (del lat, normalis) adj. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.
[2] Y a la vez ellos son nosotros y nosotros ellos, es relativo y absurdo.

Yo soy

Yo soy artesano en espuelas”
Soy luthier, me llamo Jerónimo Antonio Galleguillos Aguirre”
Soy Jaime, el carnicero del barrio”

extracto de audios reproducidos en la exposición

Podríamos decir que a esta altura, la pregunta por el ser ya es clásica, no por esto pasada de moda. A todos y a toda época le corresponde preguntarse por el ser; sobre lo que nos constituye como personas y por lo que nos construye socialmente.

A nosotros en particular, por ejemplo, nos atañe contraponer la idea del ser al sistema que nos rige; el que plantea por un lado la individualización extrema y clasificación mediante la asignación de un nombre, un número de identificación (rut), la clasificación de nuestra imagen (foto carnet), huella digital, iris, ADN, etc., y por otro el completo desvanecimiento del individuo o ente enfrentado y sometido al conjunto del sistema que le asigna un determinado lugar y posición, y que sin embargo puede ser reemplazado con facilidad, cual pieza defectuosa de una maquina.

La instalación que nos presentan Loreto Sánchez y Paulina Márquez nos exige- plantea primeramente diferenciar la noción del ser con la de ente, para luego sumergirnos en estos 3 mundos próximos entre sí.

A grandes rasgos podríamos “definir” al ser como lo que constituye al ente (ej: una persona) y a este último como lo constituido por el ser.

Es decir, lo que constituiría a estás 3 personas o cada uno de nosotros, serían -en parte- nuestras prácticas cotidianas: el trabajo, nuestros estudios, gustos, pasiones, etc.

Para Jaime Galleguillos Luthier, Mario Santana Espuelero y Jaime Bosa Carnicero, sus oficios son inseparables y determinantes en la construcción de su identidad.

El oficio son ellos y ellos son el oficio; son sus costumbres, secretos, habilidades, inventos, dificultades, aciertos y errores, son su sustento.

En esta oportunidad, ingresar a La Sala es adentrarse o aproximarse al mundo de estas 3 personas, al sortear cada tela develamos una capa de ellos, al observar las huellas del trabajo en sus pecheras y al escuchar esta especie de mantra que constituyen sus voces, el sonido de sus herramientas y los procedimientos de sus oficios, es que nos conectamos también con la pulsión del ser.

Es gracias a la persistencia y resistencia de sus prácticas-vidas es que podemos aún identificarnos.

La Palmilla Oriente






(La presente exposición en La Palmilla Oriente, surge de la investigación que hace un par de años comenzaron Loreto Sánchez y Paulina Márquez en relación a oficios que aún son practicados en nuestra comuna y sus alrededores.
Aquella investigación de carácter patrimonial, es el punto de partida para este trabajo artístico.)

Espontáneos como ratas

El día a día puede entenderse cómo un espacio múltiple, de realidades e intenciones variadas; en un mismo espacio o situación, puede desenvolverse tanto lo intencionado (deseado) como lo casual (renegado). El tiempo, los horarios, las horas que son unidades diferenciadas, son sólo una invención para orientarse y ordenar los espacios temporales. Creo a veces que este asunto del tiempo y los horarios son un poco absurdos, después de todo, la realidad y el espacio físico son un escenario que no se rige por la pauta cronológica, siempre están, siempre son uno mismo. Somos nosotros y los otros los que se turnan para entrar en escena y continuar con esta escenificación del tiempo.

Actualmente en la sala de arte La Palmilla Oriente, toma posición la obra ¿ q…qu…eso ? de Vicuña (Juan Pablo Langlois); pionero de la instalación y figura clave de la escultura en Chile. En esta ocasión la sala de arte (ex almacén)1 se transforma en un vórtex de tiempo. El hábito urbano y clandestino (ratones robando queso) al interior del almacén, es un concepto que hoy se activa al interior de una sala de arte. La instalación del artista es un tercer espacio que se manifiesta en La Palmilla Oriente, invierte y tergiversa la relación que acostumbramos con el entorno.

Los ratones son animales con universal presencia, siempre nos acompañan; están en todos lados de manera invisible y en ocasiones, transgresoramente visibles. A pesar de su permanencia, son unos de los animales que menos se quieren ver, son renegados. Como un verdadero estandarte de la subversión, estos roedores perturban el comportamiento de todos los espectadores a su alrededor, son bravos, inteligentes y cautelosos.

Convivir…

En el dúo antagónico, ratón - queso; el primero es desdeñable, el segundo deseable. Todos deseamos el queso.

Nuestra forma habitual y urbana de abordar el espacio sitúa a los ratones en el margen. Sin embargo, estamos conviviendo en un mismo lugar. La línea del horizonte (referencia visual de orientación) que acostumbramos usar, en esta obra desciende de su nivel habitual, desciende a nivel rata. Y en búsqueda de qué? Del queso. Todos estamos ante la misma luz y un mismo alimento, una sola ampolleta nos pone en igualdad de condiciones ante un único elemento que es provocativo y necesario. Lo concreto y cierto es que tenemos hambre; somos gente real ante comida real. El hambre es completo y acabado, porque no se pretende ni ensaya, es algo cotidiano e inmediato, una pasión (se padece).

Convivimos con los ratones en los mismos espacios, pero a distintas horas y en distintas actividades -ellos a ras del suelo, nosotros a altura antropocéntrica- ellos a hurtadillas en la noche (o a nuestras espaldas), nosotros revestidos por nuestra humanidad, ellos en actividades de ratas, nosotros en actividades humanas. Pero estando todos juntos en esta situación, con las manos/patas en la masa, es inevitable pensar en lo marginal u oculto de cualquier acto ¿Qué buscamos y cuándo lo hacemos? ¿nos escondemos en la penumbra o vamos a la búsqueda cual guarén de acequia corriendo a plena luz del día? Es un hecho que habitualmente estamos intentando ser políticamente correctos, estamos ensayando el gesto.

Todos tienen hambre, todos quieren el queso. Somos gente real con comida real. Y el papel de diario que da cuerpo a estas ratas es más real que cualquier representación mimética naturalista. Este material tan distintivo en la obra de Vicuña/Langlois pone de manifiesto la fugacidad de la materia y la persistencia del cotidiano. El artista ha denominado al periódico, “un síntoma de la cultura del país”, se trata de un material muy real, concreto, abundante y honesto. Es un residuo de acontecimientos, de la contingencia. La obra nos muestra la cotidianeidad en múltiples capas: la materia, la comida, el hambre, el papel y la situación. Todo es verdadero y espontáneo; el papel y la carne es tan universal como el ratón, como el humano y como el hambre. Y todos aquí reunidos somos productos fugaces de la circunstancia, somos contingencia como el papel de diario que se pega contra el parabrisas.

Los característicos gestos simples y económicos del artista nos remiten a una acción de vaciado (deconstrucción) y sinceridad; llegamos hasta aquí por el queso, que pretendemos pueda saciar nuestro hambre intelectual, o al menos que opere como una buena excusa. Estamos apelando a nuestra libertad para actuar.

Gruyere, brie, camembert, mantecoso, chanco, etc...Son muchas las variedades, y una la elección; el queso no llegó solo hasta la sala, alguien tuvo que traerlo para provocar a los...comensales.

Nos vemos reunidos en una inauguración de arte en torno a unos ratones marginales e indeseados, sin embargo, ellos son el personaje clave. Siempre nos acompañan estando tras bambalinas, y ahora irrumpen en una exposición. Irrumpen siendo de diario, el material menos pretencioso. Irrumpen para que todos nos veamos las caras bajo la misma luz y dejemos de renegarlos (renegarnos). Ellos no se van a comer el queso. Hay que ver cómo alteran nuestro comportamiento. Cada día es una obra distinta… ¿usted se roba el queso sin tapujos, o a escondidas?

La vida real tiene almacenes y salas de arte, ratones y humanos, cuerpo de papel de diario y cuerpo de carne. Al fin y al cabo, todos pueden ser lo mismo, materia bajo una misma luz, condenados a padecer bellamente la material mortalidad.

Fernanda Yévenez

  


1 Durante años, el espacio donde ahora está la sala de arte, fue un almacén de abarrotes. 

Habitando entre la resistencia y el olvido

El poblamiento de la ciudad de Santiago se ha visto sometido a diferentes vaivenes y ritmos, una de sus fases más prolíficas y explosivas fue entre 1940 y 1960, efecto del fenómeno migratorio desde el campo a la ciudad. La capital duplicó su cantidad de habitantes, y se vio inmersa en una gran crisis habitacional. Como respuesta el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970), desarrolló la llamada “Operación Sitio”, consistente en la otorgación de créditos para la adquisición de pequeños terrenos. Sin embargo, esto no fue suficiente para dar abasto al voraz poblamiento de la actual ciudad; la alta necesidad de espacios y viviendas, sumado a la lentitud de la implementación – precaria autoconstrucción de casas y escaso equipamiento urbano- dio paso a las tomas de terrenos y a la posterior aparición de varias poblaciones de Santiago. En el caso del sector norte de la ciudad, sitios intersticios1 como La Palmilla Oriente.

Hoy en la sala de arte2 se presenta la obra “Redención” del artista Andrés Maturana. A través de la instalación, los documentos gráficos, los objetos y los soportes audiovisuales, la muestra reflexiona en torno a la génesis y el carácter de patrimonio inmaterial de la memoria e identidad, identidad que se forjó simultáneamente con la población La Palmilla Oriente. La operación artística hace emerger la pregunta por la función del barrio como sitio de resistencia o lugar de olvido frente a la ciudad y la vorágine capitalina.

¿Cómo puede un malestar colectivo generar identidad? Pregunta esencial para pensar en la génesis del barrio. Habitar un sitio es sinónimo de apropiación, que inevitablemente exige una toma de posición en un terreno específico3. Hace aproximadamente 60 años atrás, nació La Palmilla Oriente. Fue en el fundo Santa Elisa, su dueño Alberto Echegaray dividió y vendió una serie de propiedades, es a partir de ahí que comienza el poblamiento del barrio.

Los sectores periféricos de Santiago tienen una existencia incierta, están en los bordes, en la zona difusa, donde siempre se escucha el rumor de la expropiación. Forjar un sitio habitable es una instancia (como realidad social) que transgrede el espacio individual para concluir en el colectivo, en este caso lleva a la unión de los habitantes, a través de cuerpos vecinales cómo la “Asociación de propietarios y pobladores de La Palmilla Oriente”4. El barrio que hace 60 años atrás carecía de emplazamiento básico y urbanización, no era un barrio, era solo un terreno. La falta de lo necesario para habitar fue la esencia del malestar colectivo que unió a propietarios y pobladores para erigir el barrio, fue lo que los movió a trabajar en comunidad. El encuentro y la convivencia entre personas, el contacto humano, es propicio para el júbilo y el relajo, lo que creo es esencial para la existencia de una comunidad. Un colectivo que se identifica a través de sus relaciones de convivencia (las instancias de esparcimiento y la participación de sus integrantes) deviene grupo humano que resiste la homogenización y envasado, elementos característicos de la ciudad moderna. El barrio desde sus inicios contó con celebraciones como La reina de la Palmilla, reuniones en bares y cantinas del sector, clubes y actividades deportivas, etc. Estamos frente a un cuerpo colectivo que se personaliza a través de la obtención y construcción de insumos sociales básicos y recreación. Forjar un barrio lleva a consolidar una identidad colectiva.

El espacio pequeño del barrio permite una relación más cercana e íntima entre sus habitantes, a diferencia de la que se desarrolla en la ciudad y los centros capitalinos; en estos los individuos chocan entre sí como partículas, una rutina cuántica, nexos sin trama, sólo unos cuantos encuentros casuales en las pistas del concreto y hormigón.

En esta muestra algunas piezas funcionan como reliquias; los restos de demolición de espacios que alguna vez fueron construidos mano a mano, sumando manos. Estos hoy se exponen como testigos del paso del tiempo y avance de la urbanización invasiva, como un indicio del barrio resistente que fue arrasado por la creciente urbe. Un antiguo órgano vivo extirpado del cuerpo brillante y luminoso de la mole de concreto. Hay algo más allá de la loza y el ladrillo destrozado, hay habitantes que perdieron su patrimonio material, perdieron el lugar donde vivieron, eso los lleva a encontrarse hoy en un sitio del olvido. El riesgo de perder el patrimonio inmaterial (queda sólo el recuerdo como posibilidad de existencia), conlleva el riesgo de la desaparición de la identidad local. Pero no todo está en la construcción, el inmueble; el territorio se habita desde el emplazamiento y las vidas desarrolladas en él. Los habitantes son tan parte del barrio como sus calles y sus construcciones.

Santiago de Chile, organismo vivo con apéndices. La esencia urbana se esparce y avanza como metástasis hacia sus periferias, y estas tiemblan ante su rumor. Pero no todo es muerte súbita, estos espacios de la resistencia y el olvido son tan materiales como inmateriales. La devastación puede arrasar con las construcciones y el material, pero el colectivo humano ejerce la resistencia que constituye el soporte para vencer al olvido. Los niños de ayer son los ancianos de hoy, sus memorias son confidentes de la génesis de La Palmilla Oriente, y sus manos artífices del sitio; el testimonio y el recuerdo son la resistencia, mientras ellos nos hablen, el barrio permanecerá vivo a través de la memoria colectiva, haciendo del olvido un rumor.

La construcción mano a mano de una localidad funde al sitio y al habitante, patrimonio material e inmaterial que se crearon a la par. Ambos son la fachada de la localidad, marcados por huellas mutuas, huellas de la resistencia amenazadas por el olvido.


Fernanda Yévenez.


1 En este caso, utilizamos el concepto como espacio transicional entre dos etapas definidas de un proceso evolutivo de urbanización.
2 Sala de arte La Palmilla Oriente.
3 en el caso de La Palmilla y más puntualmente La Palmilla Oriente desde avenida Zapadores a avenida Principal, y desde calle Alberto González hasta Av. La Palmilla.

4 Cabe mencionar al respecto que en 1971 se formaliza la junta de vecinos N°18 de La Palmilla Oriente. 

La comunión de las plantas

“Mi jardín es mi más bella obra de arte. Todo lo que he ganado
 ha ido a parar a estos jardines. Todo el mundo 
discute mi arte y pretende comprender, 
como si fuera necesario, cuando
 simplemente es amor”.


 Claude Monet




¿Cuánto puede brindar un jardín? Hay mucho más allá de sus paredes celulares. En el barrio La Palmilla y en general en la comuna de Conchalí, muchas de las casas son antecedidas por un pequeño jardín delantero. Cada uno es distinto del otro, sin dejar de ser lo mismo genéricamente (un jardín). Cada cual posee su propio decorado y sentido constituido por diversas plantas, maceteros y objetos que conviven en el espacio del jardín. Para quien visita el barrio esto puede parecer muy llamativo e inusual -el ante jardín en un gesto algo selvático, desatado, se expande hasta la vereda- sin embargo, es un rasgo repetitivo, las casas se muestran únicas a través del gesto común del jardín personalizado. Es una forma de singularidad común del barrio y sus habitantes, que se configura como rasgo característico de La Palmilla y Conchalí, la imagen de un colectivo. Los jardines personalizados funcionan como la cara visible y reconocible de la comunidad, que se rebalsan más allá de las rejas, tomándose la calle.

El espacio del jardín se plantea como un límite, un espacio intermedio, que hace de transición entre el exterior de la calle y el interior del hogar. Es mediación e invitación, el interior volcado hacia la calle, invitando a quien se aproxima por la vereda a ingresar al espacio interior. Un espacio en el que se encuentran y mezclan interior y exterior, dueño de casa y visitante.
La exposición “Jardín” de las artistas: Isabela Millán, Macarena Cuevas y Filippa Leporati, es una instalación orgánica realizada con plantas recolectadas desde las casas de los vecinos del barrio. Cada una de las plantas de la instalación, significó para las artistas, un recorrido, un trazado a través del plano del barrio, donde cada parada es un punto expansivo. La reunión por y en el jardín, lleva hacia el dueño de casa, quien es propietario de las plantas y responsable de su cuidado. Cada uno las elige por motivos personales, ya sea por su aspecto o cualidades, y las cuida a su manera, como parte de su quehacer cotidiano en la casa. La operación artística permite que cada planta represente a su dueño, montando una comunidad orgánica al interior de la sala de arte.

La comunión en el Jardín.

Un espacio de encuentro y convivencia, un terreno calmo y pausado. El jardín aquí funciona como una parte más del habitante de la casa, pero no sólo es parte de el porque lo cuida y personaliza, es un espacio de comunión. El jardín expande la intimidad y personalidad de su cuidador hacia la calle, pero también la intensifica dentro de él. ¿Qué brinda el jardín a su cuidador? Un umbral del cuidado y la pausa, un escenario del cotidiano y la delicadeza. Cada cuidador de jardín realiza una procesión, para atender a sus plantas, cada una de ellas le exige su mano blanda y benefactora, generándose una simbiosis[1] estrecha, donde se invierte y encapsula el tiempo, revistiéndose de un carácter casi ritual. Las plantas son confidentes de secretos y pensamientos, sus necesidades generan en el cuidador la instancia para meditar y dar paso al procesamiento del día a día. No sólo plantas y cuidador son beneficiados en este umbral vegetal del florecer, los objetos cotidianos son resignificados y reciclados, ya sea como maceteros o como elementos que forman parte de la caracterización de la pequeña comunidad verde. Revestido del verdor y humedad, el jardín puede tornarse el espacio más íntimo, donde los confidentes vegetales acompañan en la pausa y reflexión, mientras que en cada cuidado y atención el cuidador brinda entrega y compromiso. Todo ser que comulga en este portal vivo, es cultivado por los otros; conviven a través del tacto sutil y el compromiso.

La obra encierra dentro de sí múltiples relatos. Hay una historia tras cada planta y cada objeto curioso que la acompaña contada por el cuidador, que a la vez tiene una propia. Hay otro relato en la aproximación a la comunidad por parte de las artistas, y a la vez uno propio en cada una de ellas; todos se reúnen en el proceso de obra, haciendo de la instalación sólo una parte tangible de la experiencia, que representa la función que tuvo el jardín, el lugar de comunión entre los cuidadores, las plantas y las artistas. Las plantas hablan como si fueran sus cuidadores.

Las comunidades humanas somos como comunidades de plantas, cada uno único e irrepetible, y en este mismo aspecto, parte constitutiva de una comunidad simbiótica. Similares en formato, e irremediablemente diferentes en contenido, historia e interior; a medio camino entre jardín humano y comunidad vegetal. 



Fernanda Yévenez




[1] Interacción biológica, relación estrecha y persistente entre organismos de diferentes especies.

Etopeyas y prosopografías en el retrato

Cómo género en la pintura, o como forma misma dentro del arte y sus disciplinas, el retrato es de las más antiguas y numerosas representaciones. Podemos encontrarlo en forma de bustos, pinturas, monedas, estampillas y otros a lo largo de la historia. ¿Que hace a un retrato distinto de otro? Además de las características propias de cada uno, hay elementos externos, propios de su génesis que los determinan tajantemente. A través de la historia del arte occidental, podemos establecer dos líneas mayores; el retrato conmemorativo e ilustre de función pública e institucional, y el retrato conmemorativo, pero más afectivo, de función íntima y exploratoria. Un factor determinante y divisorio entre ambos tipos es el encargo y la función. Puede otorgarnos a un individuo institucionalizado reconocible por sus hitos y acciones, o a una persona visible en su interioridad; ambos persiguen un fin prístino, pero con distintos niveles de intimidad. 

En el retrato se juega con imaginarios; la captura de las formas físicas del individuo opera como plano contractivo y expansivo a la vez – contrae al mostrarnos al individuo dentro de sí, y expande al mostrarlo por su interacción y relaciones con el entorno, quien es el en su contexto-.

Retratar es una acción inherente al ser humano, la practica ha sido avistada desde la prehistoria. En el Antiguo Egipto, se practicaba el retrato de tipo escultórico -realizados con máscaras de yeso modeladas con los rasgos del difunto- guardan una relación táctil con el modelo original, no obstante, no se trata de obras realistas ni naturalistas; es un retrato más bien tipológico, donde lo nominal y característico se daba por el nombre y no por una caracterización física. Quienes figuraban en estas representaciones eran gobernantes, se trata de retratos mortuorios de función pública e institucional – buscan preservar y retener la imagen de ellos como gobernantes del imperio y no como individuo caracterizado. En el Imperio Nuevo, con la llegada de Amenofis IV y la reforma religiosa, se produce también un cambio de estilo; se producen retratos más realistas y naturalistas, de tipo fisonómico y con tonos psicológicos. Ejemplo de esta época es en conocido busto de Nefertiti(1). Hoy desde la era contemporánea poseemos en el imaginario colectivo todo un relato de múltiples alcances sobre la reina de la dinastía XVIII de Egipto – toda una vida casi palpable en nuestros días, sobre una mujer que vivió hace más de 3000 años atrás, todo gracias al poder de la imagen retratística- Nefertiti es casi una celebridad coetánea gracias a lo palpitante de su retrato, mito y fama. 



Dos modalidades de representación; una tipológica e indicial, y otra fisionómica y naturalista. El asunto de la mímesis desde la distancia y la proximidad respectivamente. 

El retrato literario es útil al pensar en la pintura - prosopografía y etopeya generan imágenes desde dos focos de caracterización diferentes. La primera corresponde a una descripción física de un individuo -en contraste con su opuesto, la etopeya; descripción psicológica y moral de un individuo-. 
Volviendo a la bidimensionalidad, nos encontramos con los retratos mortuorios romanos de la región de Fayum en Egipto. Estos son los más antiguos del género de la pintura. Conocidos como “Retratos de Fayum” (por encontrarse principalmente en este distrito), surgieron durante la ocupación romana en Egipto, alrededor del siglo I a. c. y el siglo I d. c. Consisten en tablas de madera pintadas a la encáustica o al temple, que se posicionaban sobre el rostro de las momias envueltas en tela. Presentan un encuadre en primer plano, con el rostro de frente, son muy naturalistas, dan cuenta fielmente de los rasgos del difunto. En comparación a los retratos egipcios mencionados anteriormente, estos son los primeros conocidos donde se retrata a personas particulares, gente que murió en Fayum, que no eran parte de la elite política, social ni religiosa. Muestran un contexto más íntimo, donde se desea memorar el rostro del ser difunto. Estas pinturas se salían del estilo y gusto imperante en la época, no responden a un encargo institucional.

El grado de acuciosidad mimética, el encargo y la función surgen como factores determinantes para la esencia de un retrato. La exposición “Retratos” montada en la sala de arte La Palmilla Oriente, da cuenta de lo ecléctico y anacrónico que pude resultar el retrato contemporáneo fuera del encargo. Esteban Domaica y Santiago Perdiguero son los artistas que exponen; ambos pintores ya de largo recorrido en las artes, presentan hoy retratos, que responden directamente a sus gustos, deseos, fijaciones e investigaciones desarrolladas al interior del taller.

Por parte de Santiago, puede apreciarse un pincel que plasma otra época -manipulado por una mano melancólica que pinta de manera más académica- deja ver los afectos comprometidos con lo que el tiempo se llevó del presente, pero que persiste en la memoria y añoranzas. Hay mucha introspección, una etopeya que funciona más allá del cuerpo, es igual de intima en el retrato del padre, en las manos delatadoras del pasar del tiempo, y en la vista socavadora y envolvente de la mirada sumida en el mar. En la obra de Esteban el soporte y lo técnico, han sido ajustados para resolver nuevos problemas. Estos retratos que muestran el gusto por el feísmo, junto a un guiño a los retratos de Lucian Freud y Francis Bacon; son realizados sobre soportes reciclados -cartones y maderas, restos de anuncios publicitarios- que no esconden su vida anterior en su actual reconfiguración. Estos seres de la podredumbre y la descomposición corporal toman cuerpo a través del empaste insolente de los tonos artificiosos de pintura. Ellos no existen realmente, pero su referente mimético está en imaginario cadavérico y la humanización: son muertos vivientes que se humanizan a través del encuadre en primer plano – como un carnet de identidad- y a través de la gestualidad ¿Quién está ahí? A través del gesto y movimiento somos libres de elegir ver tanto un hombre o como una mujer, o personas de edad madura, o quizás viejos. Son visitantes de la imaginación que se manifiestan de manera prosopográfica. El primer plano y el plano medio nos obligan a seleccionarlos con la mirada, como lo hace el marco y el detalle en los retratos introspectivos y afectivos de Santiago Perdiguero.

La capacidad nominativa del retrato es muy versátil, puede expandirse hacia el exterior, la historia y contexto del individuo, o a sumergirnos en su interioridad. Y el cuerpo, el cuerpo es un contenedor que puede ser la base para presentarnos a alguien, o ser totalmente prescindible para que el individuo se manifieste a través del retrato, que lo singulariza y selecciona en la ventanilla del encuadre.


Fernanda Yévenez


(1) Nefero Atón Nefertiti (c. 1370 a. C.-c. 1330 a. C.) fue reina de la dinastía XVIII de Egipto, la segunda Gran Esposa Real de Ajenatón (akenatón). El busto es considerado una de las obras maestras del arte egipcio, elaborado por el Escultor Real Tutmose o Dyehutymose (1330 a. C.), artesano y maestro esculor durante el reino de Akenatón, en la época de Imperio Nuevo de Egipto, Durante la Dinastia XVIII de Egipto. Actualmente se exhibe en el Neuhes Museus, Berlín, Alemania.